
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Para los que no conocen a «Pito», es un vegabajeño entre otras ciudadanías de pueblos que debe tener. Convivió por muchos años con nosotros en el área de la Playa de Puerto Nuevo con sus padres a unos pasos de la costa, donde ahora reside la familia de su hijo «Pelón» y en la Urbanización San Demetrio, donde su hija Gaby tiene su casa. El profesor Jose Juan Rodríguez Vázquez, que es el mismo, es un profesor de ciencias sociales de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Arecibo, un intelectual y una persona buena.
Nacimos el mismo día, mes y año y por poco a la misma hora. Terminamos juntos en verano de 1969 la escuela superior en Manatí y luego la Facultad de Derecho, parrandeamos juntos y tenemos en común que sus hijos son mis sobrinos y sus nietos, mis sobrinos nietos. Su papá, el Licenciado Pepe Juan Rodríguez, era parte de nuestra familia al extremo de qué viudo, pernoctaba en la casa de mis padres e hicimos una relación estrecha con toda su familia. Conozco a «Pito» por tantas décadas que aunque estamos distanciados físicamente porque el hace sus cosas y nosotros las nuestras, siempre está nuestro aprecio y consideración de un verdadero hermano.
Su talento y percepción filosófica es asombrosa. Puede manejar conceptos que nos son complicados, con una facilidad maravillosa. Conoce los recovecos de la historia y la filosofía de la política como nadie y aun con sus juicios y prejuicios como los tenemos todos, nos hace ver cosas dentro del espectro de la vida que no nos son familiares y hasta desconocidas. Lo bueno de él es que le gusta el intercambio de ideas y es una experiencia agradable conversar con el de todo tema. Muchos de sus estudiantes así lo expresan y en su experiencia, primero con su padre y coetáneamente con él, lo sabemos y lo hemos disfrutado. Creo que eso lo aprendió de practicar el deporte en equipo, ya que jugó pelota hasta en México, donde estudió parte de su carrera. Ese amor por el ejercicio y la competencia, le motivaba a acompañar a su hijo a las clases de karate y luego a su nieta Michelle a juegos de fútbol donde ella participaba. Ahora es el turno de su nieta Paloma, que a sus catorce años ya ha representado a Puerto Rico en el tenis de playa.
El libro Aporías de la Democracia es extraño hasta en su nombre. Aporía no es un término que nos sea familiar. Es definido por la Real Academia Española como enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional y lo usa para desmitificar el concepto de la democracia como usualmente lo vemos de salvadora de todo, haciendo un análisis de la realidad práctica de esta idea filosófica.
Su trabajo sobre el particular no es extenso, pues tiene la habilidad de sintetizar lo ajeno y lo propio. Ciertamente, no es un elogio a lo que conocemos como democracia, que tanto nos entusiasma cuando damos loas al sistema de participación ciudadana y de derechos humanos. Rodríguez nos escribe que «La democracia no se limita a una forma de Estado o de gobierno que exige la obediencia de las personas y reduce la acción ciudadana al simple acto electoral para elegir representantes. Ese es el propósito del discurso liberal que se la apropia y la encajona semánticamente para que se autodestruya… democracia es una manera de producir una colectividad a través de la política.»
La obra contiene las siguientes partes: 1. Describir, producir, desear: La triple dimensión de un concepto político; 2. Primer momento: Los dilemas de la democracia como poder de las elites; 3. Segundo momento: Los escollos del simulacro democrático liberal; 4. Tercer momento: las miserias de la democracia despolitizada.
Si lo llevamos a la realidad de los puertorriqueños, hemos conocido la democracia como a la máxima aspiración de un ser humano, pero los mismos políticos nos han alertado de que no es perfecta y hace falta cambios. Hay un mensaje cuando los estadistas incorporaron la palabra igualdad en el símbolo o logo del Partido Nuevo Progresista, cuando se reclama que el Partido Popular Democrático sigue usando su tercer nombre, aunque hay un «déficit de democracia» según dijo un pasado gobernador y los independentistas reclaman que debido a nuestra condición colonial, no podemos desarrollar este país ni nuestros derechos individuales redimidos como tendríamos la oportunidad si hubiera un estado libre y soberano.
Al final de su análisis, especula racionalmente sobre el futuro de la democracia, pero no vamos a anticiparlo en estas notas, pues vale la pena leer el libro y fomentar esa aportación, que levanta bandera sobre algo que, quizás en nuestro interior, sospechamos o sabemos.
