
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
La palabra arrogancia, fue el calificativo utilizado por el ingeniero Andrés Ramos para describir al estado en que llegó el alcalde Edgar Santana en algún punto de su incumbencia, pero igual le cabe a otros alcaldes de Vega Baja, funcionarios públicos y personas privadas. Esto ocurre cuando hay algún tipo de encumbramiento, exceso de confianza, sentimiento de invulnerabilidad y confianza extrema de que las cosas volverán a lo normal. Y no siempre eso pasa.
La arrogancia puede ser causada por metas en proceso o logradas por el ser humano, alentadas por fieles genuinos o falsos que favorezcan vidas de fantasía en procesos de tiempo cortos o por una gestión continua de vida. Pero comienza en una idea que se cuela en la mente, a veces producto del sufrimiento, decepción o superación. Se antepone a la humildad, que es la virtud positiva de la que se deriva.
Hay otras personas arrogantes que hemos conocido. Los líderes mundiales generalmente lo son y por preferencia de los ciudadanos, tienen que serlo para demostrar su grado de compromiso con las naciones. Recordemos a Hitler. En nuestros días, un ejemplo visible para michos es Donald Trump. En Puerto Rico, en el ámbito privado hemos sido testigos de las manifestaciones arrogantes mientras era conducido a la cárcel, de Sixto “George” Díaz Colón. Y no se olviden de Jorge de Castro Font, quien la arrogancia lo llevó a pronosticar el copo total de las tres ramas de gobierno y negar su participación en delitos «por su madre». Afortunadamente este último ha confesado sus delitos civiles y sus excesos peronales.
En nuestro mejor momento, podemos llegar a pensar que somos invulnerables, los más listos y cuando no hay explicación, lo atribuimos a designio divino o suerte. Pero sin un buen fundamento, nos quedaremos en el camino, solo contando glorias pasadas y en el cénit de nuestro máximo logro, si nos acompaña la arrogancia como característica.
Puede la arrogancia tener su presencia en nuestras vidas por breve término o puede ser permanente y definitorio de nuestra personalidad. A esta mala cualidad la acompaña también la vanidad y el narcisimo y todos sabemos cuánto de eso nos puede afectar y también a los que queremos. Quitemos la arrogancia de nuestro diccionario personal; es lo mejor para todos.
