Importante hallazgo arqueológico en Vega Baja, 1980

Por Dr. Ovidio Dávila, arqueólogo y antropólogo

Sin lugar a dudas, el descubrimiento arqueológico más espectacular ocurrido en Puerto Rico, relacionado con nuestros indios taínos, fue el llevado a cabo a finales del mes de abril de 1980 cuando unos niños del barrio Pugnado Adentro del municipio de Vega Baja, encontraron en una cueva un conjunto completo de piezas talladas en madera, concha, semillas de corozo y lítica relacionados con el rito de la cojoba, ceremonia ésta en la que nuestros antiguos ancestros aborígenes aspiraban polvos de semilla de dicho árbol narcótico con el propósito de entrar en trances alucinógenos que, conforme a sus creencias religiosas, le permitían comunicarse con sus antepasados y deidades.

El conjunto artefactual consistía de espátulas vómicas en forma de culebras, maracas monoxílicas, aspiradores del polvo alucinógeno talladas en madera, cuentas de un collar talladas en concha de caracol, etc. Algo increíble y sorprendente, es que dicha parafernalia indígena hubiera permanecido intacta, sin que nada ni nadie la perturbara o alterara, por espacio de MEDIO MILENIO, depositado íntegramente en una esquina en un pequeño refugio rocoso en lo alto del Cerro El Faro, el punto más alto de toda esa región del karso norteño dentro de la jurisdicción municipal de Vega Baja.

Todo ello está explicado en el artículo que escribí por entonces y que aquí les presento. El mismo apareció publicado en la página 15 de la revista «Promoción Cultural» del Instituto de Cultura Puertorriqueña, en su edición del segundo trimestre de 1980 (Año III, Núm. 10).

Debo añadir que en todo esto, mi labor y envolvimiento no se limitó a la identificación y a la inspección y prospección arqueológica del lugar del descubrimiento. Tuve que realizar una delicada gestión de lo que podríamos llamar “sociología arqueológica”, de visitar y entrevistar a los niños descubridores del hallazgo, en presencia y con la anuencia de sus padres, para orientarlos y aconsejarlos de la conveniencia y deseabilidad de que el material se mantuviera unido y sin desarticular como conjunto arqueológico de excepcional valor y relevancia etnohistórica. Cada cual, incluyendo al maestro, entre ellos se habían repartido las piezas, y no existía para entonces legislación y reglamentación que les hubiera impuesto la responsabilidad de entregar el material como uno de caracter patrimonial.

Afortunadamente, los niños y su maestro se mostraron muy colaboradores en todo momento, incluyendo el servirnos de guía y ayuda para lograr escalar hasta lo alto del Cerro El Faro y poder así realizar la inspección y prospección arqueológica correspondiente.

En premio a su generoso desprendimiento, el director ejecutivo del Instituto de Cultura Puertorriqueña, expidió para todos ellos sendos pergaminos de Premio de Honor, en reconocimiento y homenaje a tan noble gesto, incluyendo un ejemplar, para cada uno de ellos, de la Medalla del Vigésimo Aniversario de la institución.

Ha pasado largo tiempo de este hecho de tanta trascendencia para la historia de la arqueología puertorriqueña. Y este fue otro episodio verídico e histórico más dentro de la consigna de “Arqueología para el Pueblo” que siempre fue, ha sido y será mi Norte.

Más adelante, en 1981, gracias a gestiones realizadas por mí a través del Instituto de Cultura Puertorriqueña ante la entonces Sub Secretaria del Departamento de Recreación y Deportes, Hilda Díaz Soltero, le asignó a la Sociedad Arqueológica “Sebuco”, por un simbólico pago de un peso ($1.00) al año, el edificio del centro comunitario de la Urbanización Brasilia de Vega Baja, que, en esos momentos estaba abandonado y convertido en guarida de deambulantes y drogadictos.

Luego de logrado esto, en enero de 1982, apoyé y le di impulso decisivo y concluyente, a la restauración y rehabilitación de dicha estructura, mediante los servicios de los arquitectos del Programa de Monumentos Históricos del ICP, quienes acudieron al lugar, levantaron planos actualizados de la misma, incluyendo sistema eléctrico y de plomería, y rindieron un informe con las especificaciones para tales fines. La Sociedad, igualmente, recibió aportaciones de ayuda económica del ICP ―también promovidas por mí― para la conversión del lugar en la sede y Museo de Arqueología e Historia de Vega Baja.

El lugar fue organizado con área de museo, laboratorio, depósito de materiales, servicios sanitarios, habitación para huésped, salón de actividades, estacionamiento, área de biblioteca, rejas de seguridad, etc.

El museo, como tal ―en cuyo montaje ayudé y colaboré a ordenarlo personalmente―, fue provisto por mí, además, como Director de la División de Arqueología del ICP, de un valioso y espectacular conjunto de originales piezas taínas en calidad de préstamo: un dujo tallado en piedra volcánica, 2 trigonolitos o cemíes, un aro fino tallado en piedra o “collar” ceremonial, hachas de piedra diversas (petaloides y plano convexa rectangular), muestrario de cerámicas de diversos estilos y complejos culturales indígenas, etc.

Y, por supuesto, se puso en exhibición igualmente el fabuloso conjunto del ritual de la cojoba encontrado en el Cerro del Faro en Vega Baja en 1980, que consta de un tremendo e inigualable tesoro cultural: 2 espátulas vómicas de madera talladas en forma de culebras enroscadas, 6 maracas de madera monoxílicas, 1 pequeño cemí de concha, 2 inhaladores tallados en madera (uno antropomorfo), 2 valcas de almeja como bandejas para los polvos alucinógenos, 1 cincel con punta afilada en concha, 1 amuleto en hueso de manatí, 20 cuentas rectangulares talladas en concha, 5 cascabeles de caracoles Oliva sp., 2 ocarinas o silbatos tallados en semillas de palma de corozo y 4 lascas o navajas de corte talladas en piedra negra ígnea.

Este valioso conjunto, como explico en mi artículo publicado por el ICP en 1980, fue donado a la Sociedad “Sebuco”, gracias a las gestiones realizadas por mí, mediante conversación y planteamientos persuasivos expuestos al profesor de los niños descubridores, a los propios niños y a sus padres, lo que les indujo a convencerse ―ya que, naturalmente, estaban renuentes a desprenderse del “botín” de su increíble hazaña― de que la opción más saludable y conveniente en la disposición, destino y conservación de dicho hallazgo arqueológico, era ceder ese Patrimonio Arqueológico del Pueblo de Puerto Rico a la custodia de dicha Sociedad, lo que se hizo por mediación del Instituto de Cultura Puertorriqueña en ese acto representado por mí, como Arqueólogo y Director de la División de Arqueología de la para entonces prestigiosa, reconocida y máxima institución cultural de Puerto Rico.

Así las cosas, hacia 1990, encontrándome yo laborando para entonces en el Departamento de Recursos Naturales, en mi carácter de consejal representante de dicha instrumentalidad pública y secretario del cuerpo directivo del Consejo para la Protección del Patrimonio Arqueológico Terrestre de Puerto Rico, recibimos la solicitud de ayuda y respaldo organizativo y económico de parte de la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas “Sebuco”, para la realización de un encuentro de investigadores arqueológicos. Dicho evento se llevó a cabo en el Salón de Actividades de la referida sede de la Sociedad en el antiguo centro comunal de la Urb. Brasilia de Vega Baja.

Con respecto al descubrimiento de la cojoba, la más extensa y completa parafernalia ritual jamás descubierta y rescatada en todo el área del Caribe, tuve yo el honor de presentar, en dicha ocasión, una ponencia descriptiva e interpretativa del conjunto ritual de la cojoba del Cerro del Faro, bajo el título “Hallazgo de un conjunto artefactual relacionado con el ritual de la cojoba en Vega Baja, Puerto Rico”. Tanto el manuscrito original de este estudio como un juego completo de fotografías técnicas y macroscópicas, en blanco y negro, ilustrativas de todas piezas talladas en madera, concha, huevo y piedra, fueron entregados a la Sociedad “Sebuco”, entidad que asumió la responsabilidad de reunir, editar y publicar todos los trabajos en esa ocasión presentados en la correspondiente memoria. Hasta el día de hoy, 30 y pico de años más tarde, nada de nada…

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