La Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas «Sebuco» de Vega Baja, 1977

Por Dr. Ovidio Dávila, arqueólogo y antropólogo

A principios del 1975 recibí una llamada telefónica en mi oficina, ubicada por entonces en el segundo piso del antiguo Convento de los Dominicos, segunda sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña, de parte del señor Luis de la Rosa Martínez, quien laboraba como archivero en el Archivo General de Puerto Rico, entidad adscrita al ICP.

Me indicó que tenía interés de conversar conmigo, ya que, en su pueblo de nacimiento y residencia en Vega Baja, él formaba parte de un grupo de entusiastas y aficionados a los temas de la Arqueología y la Historia, y deseaban que yo los ayudara, aconsejara y asesorara en la manera de conformarse en un grupo de investigación, de apoyo y de promoción a la labor arqueológica e histórica del Instituto.

Muy gratamente le indiqué que estaba en la mejor disposición para recibirlo, a lo que me propuso si era factible que lo recibiera ese mismo día, a lo que le respondí “Ahora mismo si lo deseas”.

En cuestión de minutos se encontraba ya Luis entrando a mi oficina, y recuerdo su cara de asombro cuando me vio ponerme de pie e ir a su encuentro para estrecharle mi mano de bienvenida, a lo que reaccionó diciéndome, “Pero si tu eres un muchachito, prácticamente de la misma edad de mi hijo Luisito”.

Efectivamente, tenía yo a la sazón 23 años de edad, y al comenzar mis labores en el 1974 con el rango de “Investigador Histórico”, en funciones de Arqueólogo, a cargo de la Sección de Arqueología, adscrita a la Oficina de la Dirección Ejecutivo del ICP, a la edad de 22 años, me había convertido yo en la persona más joven en toda la historia de la institución, hasta el día de hoy, en ocupar ―y destacarme reconocidamente― un puesto de tan elevada responsabilidad profesional y programática.

(Y sobre esto, no tengo que recurrir a la hipócrita muletilla de “modestia aparte”, pues bien lo reza el viejo adagio árabe que devela aquella realidad de que: “Situ notea laba, nadietea laba”…)

Así, pues, se dio inicio a la relación que, con el tiempo, trascendió más allá de meramente compañeros de labores en la misma institución cultural, convirtiéndose en una igualmente personal de cercana amistad y compañerismo solidario, además de consejo y asesoramiento con respecto a los intereses comunes en las áreas de la arqueología, los temas indigenistas y de historiografía patria.

Entretanto, Luis me mantenía al tanto de las conversaciones, reuniones, gestiones e interacciones que el grupo de aficionados e interesados en estos campos de Vega Baja fueron llevando a cabo, hasta que finalmente en abril de 1976, a raíz del amplio despliegue de informaciones que impartió la prensa del país ―como hemos visto, hasta con un titular de primera plana a ocho columnas en la edición del 19 de marzo de 1976 del periódico «El Mundo»―, este grupo finalmente se constituyó bajo el nombre de “Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas ‘Sebuco’”.

A mediados de ese mismo mes de abril, fui invitado por Luis para que le dictara al grupo una conferencia formal en torno a “La arqueología de las culturas indígenas de Puerto Rico”, la cual fue llevada a cabo en el salón de actos de la Alcaldía Municipal de Vega Baja.

No obstante, para ese momento, yo ya había solicitado ingreso para realizar oficialmente estudios avanzados en la Escuela Graduada del Departamento de Antropología de la Universidad de Yale, y al ser aceptado me disponía a partir en septiembre de 1976 hacia la ciudad de New Haven, en el estado de Connecticut. Por lo que le informé al grupo, que dichos estudios se prolongarían por un año, y que a partir del verano de 1977, momento en que se había programado el inicio de mis trabajos de Arqueología Industrial en la Hacienda Esperanza de Manatí, yo estaría en condiciones de reanudar mis relaciones de colaboración, consejo y asesoramiento con la Sociedad “Sebuco”, por lo que les insté a que para entonces ya hubieran formalizado la incorporación de su organización en el Departamento de Estado, de tal manera que la agrupación tuviera personalidad jurídica que les permitiera entrar en transacciones contractuales con el Instituto de Cultura Puertorriqueña y se esa forma poderles canalizar apoyo formal mediante ayudas económicas.

En efecto, en septiembre parto hacia los Estados Unidos para iniciar mis estudios de postgrado a nivel doctoral en la Universidad de Yale, y a las pocas semanas me comuniqué por carta (como era lo usual en aquella época en que las llamadas telefónicas de “larga distancia” eran costosísimas y se limitaban para casos de emergencia o fuerza mayor) y le informo de los cursos en que me había matriculado y demás aspectos de mis estudios y gestiones académicas en aquel mundo universitario tan prestigioso y de riguroso ambiente de labor intelectual.

La contestación de Luis de la Rosa no se hizo esperar. Con fecha de 6 de octubre de 1976 recibo la carta que reproduzco en este álbum íntegramente. Estamos hablando de 46 años atrás!!!

Como podrán ver, Luis me informa los miembros de “Sabuco” estaban realizando exploraciones y que lo que colectaban lo hacían “superficialmente”, pues yo les advertí que no realizaran excavaciones sin estar preparados ni adiestrados para ello. En ese momento, mientras yo estuviera en Yale, no podría presencialmente seguir con ellos asesorándolos y adiestrándolos. Le había indicado a Luis que Alegría podría orientarlos, pero la realidad es que, a pesar de lo que Luis menciona haber ido a verlo en la carta, Alegría nunca los visitó ni se reunió con ellos en Vega Baja, ni siquiera en su oficina en San Juan, y tampoco fue a reunión alguna de Sebuco a darles charla ni conferencia alguna tampoco.

Otro que es importante observar, es que Luis me dice que “no tengas temor alguno”, pues siempre les advertí que para evitar que los catalogaran como un grupo de saqueadores más, de los que abundaban en la época, no se involucraban en ir a los sitios a realizar “escarbaciones” por su cuenta.

A finales de diciembre de 1976 regresé a Puerto Rico, encontrándome con un escenario y un ambiente muy tenso y difícil en el Instituto de Cultura Puertorriqueña. En las elecciones de noviembre, un mes antes, había ganado el PNP e inmediatamente tan pronto asumieron el control, comenzaron a despojar al ICP de funciones y de importantes responsabilidades ministeriales, empezando por el Centro de Bellas Artes, la Oficina Estatal de Preservación Histórica, el control y manejo de las Artes Populares (artesanos tradicionales), etc.

En todo eso fui igualmente víctima de esa actitud agresiva y represiva de ese período conocido como el “romerato” (que comenzó enero de 1977), ya que un miembro de la junta de directores del ICP, conocido activista del PNP, nombrado por Romero Barceló, presionó y logró que NO se me renovara la licencia de estudios que en el servicio público se extienden por 6 meses, al final de cuyo plazo vencen, por lo que la autorización de su extensión por 6 meses adicionales requiere de la autorización de la dirección ejecutiva del ICP que, de por sí, responde a la junta de directores.

En consecuencia, en enero de 1977 no pude regresar a Yale y me vi obligado a reintegrarme inmediatamente a mis labores regulares en el ICP. Consecuentemente, me dí a la tarea de continuar con mi labor y agenda de “Arqueología para el Pueblo”. Reactivé la campaña educativa y orientadora en escuelas, centros culturales y organizaciones arqueológicas, y a publicar resultados de dicha labor en la prensa del país, parte de lo cual está documentado en las reseñas que aquí he publicado en posteos anteriores. Y, sobre todo, el gran proyecto de Arqueología Industrial en Hacienda Esperanza de Manatí continuó en agenda, y en el verano de ese 1977 lo logramos iniciar y extender hasta 1978.

El lunes 18 de abril de 1977, la Sociedad “Sebuco” inaugura su SEGUNDA EXPOSICIÓN SOBRE ARQUEOLOGÍA E HISTORIA VEGABAJEÑA, presentándome a mí, OVIDIO DÁVILA, como el “Arqueógo oficial del Instituto de Cultura Puertorriqueña”, ofreciendo la CONFERENCIA SOBRE ARQUEOLOGÍA DE VEGA BAJA, la cual yo dicté en el salón de conferencias de la Escuela Superior Lino Padrón Rivera. Es durante esa actividad que algunos jóvenes estudiantes de esa escuela, tras escuchar la exposición de mi conferencia, se acercan luego a mi para expresarme su interés en conocer y en participar en mis trabajos arqueológicos, lo que los lleva a integrarse como miembros juveniles de la Sociedad “Sebuco”. Incluyo aquí la imagen de la hoja original en mimeógrafo que imprimió y distribuyó la Sociedad “Sebuco” para promocionar la referida actividad cultural educativa.

En dicha ocasión encuentro que todavía la Sociedad “Sebuco” no se había incorporado legalmente. Nuevamente, insisto con Luis de la Rosa en la importancia de que la organización se incorpore como organización sin fines de lucro. Como resultado, el día 27 de mayo de 1977 la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas “Sebuco” juramenta, ante el licenciado Alejandro Torres Rivera, la petición de incorporación, presentada por los miembros Thomas Jimmy Rosario Flores, Thomas Jimmy Rosario Martínez y Jenaro Otero Campos, la cual es aprobada el 9 de junio de 1977, bajo el número 9165.

Como ya indiqué anteriormente, había planificado iniciar mis trabajos en Hacienda Esperanza de Manatí al inicio de junio de 1977, lo que en efecto hice. Cuando ya teníamos avanzadas esas excavaciones, las primeras de Arqueología Industrial en toda la Historia de Puerto Rico, para octubre de ese año, solicité y obtuve autorización, de parte del entonces director ejecutivo del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, Arq. Francisco Javier Blanco, para que permitiera a los miembros de la Sociedad “Sebuco” realizar una visita y recorrido de dichos trabajos en las ruinas del antiguo ingenio, el día sábado 22 de octubre de 1977. Incluyo imagen de dicha autorización escrita con fecha del miércoles 19 de octubre de 1977, hace 45 largos años!!

La Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas “Sebuco”, Inc., ya en ese momento con su reconocida personalidad jurídica, se convirtió así en el único grupo de personas pertenecientes a agrupación arqueológica alguna que jamás recibió permiso y fue atendida personalmente por mí para que se les diera un recorrido demostrativo y expositivo sobre lo que se estaba realizando allí, y sobre los hallazgos, interpretaciones y conocimientos nuevos obtenidos mediante esos trabajos en torno a lo que había consistido y cómo había operado un ingenio azucarero en el Puerto Rico del siglo XIX. Todo ello algo novedoso y nunca antes visto, ni estudiado, ni analizado, ni interpretado, en la historia de las investigaciones arqueológicas en Puerto Rico.

Más adelante, en 1981, gracias a gestiones realizadas por mí a través del Instituto de Cultura Puertorriqueña ante la entonces Sub Secretaria del Departamento de Recreación y Deportes, Hilda Díaz Soltero, le asignó a la Sociedad Arqueológica “Sebuco”, por un simbólico pago de un peso ($1.00) al año, el edificio del centro comunitario de la Urbanización Brasilia de Vega Baja, que, en esos momentos estaba abandonado y convertido en guarida de deambulantes y drogadictos.

Luego de logrado esto, en enero de 1982, apoyé y le di impulso decisivo y concluyente, a la restauración y rehabilitación de dicha estructura, mediante los servicios de los arquitectos del Programa de Monumentos Históricos del ICP, quienes acudieron al lugar, levantaron planos actualizados de la misma, incluyendo sistema eléctrico y de plomería, y rindieron un informe con las especificaciones para tales fines. La Sociedad, igualmente, recibió aportaciones de ayuda económica del ICP ―también promovidas por mí― para la conversión del lugar en la sede y Museo de Arqueología e Historia de Vega Baja.

El lugar fue organizado con área de museo, laboratorio, depósito de materiales, servicios sanitarios, habitación para huésped, salón de actividades, estacionamiento, área de biblioteca, rejas de seguridad, etc.

El museo, como tal ―en cuyo montaje ayudé y colaboré a ordenarlo personalmente―, fue provisto por mí, además, como Director de la División de Arqueología del ICP, de un valioso y espectacular conjunto de originales piezas taínas en calidad de préstamo: un dujo tallado en piedra volcánica, 2 trigonolitos o cemíes, un aro fino tallado en piedra o “collar” ceremonial, hachas de piedra diversas (petaloides y plano convexa rectangular), muestrario de cerámicas de diversos estilos y complejos culturales indígenas, etc.

Y, por supuesto, se puso en exhibición igualmente el fabuloso conjunto del ritual de la cojoba encontrado en el Cerro del Faro en Vega Baja en 1980, que consta de un tremendo e inigualable tesoro cultural: 2 espátulas vómicas de madera talladas en forma de culebras enroscadas, 6 maracas de madera monoxílicas, 1 pequeño cemí de concha, 2 inhaladores tallados en madera (uno antropomorfo), 2 valcas de almeja como bandejas para los polvos alucinógenos, 1 cincel con punta afilada en concha, 1 amuleto en hueso de manatí, 20 cuentas rectangulares talladas en concha, 5 cascabeles de caracoles Oliva sp., 2 ocarinas o silbatos tallados en semillas de palma de corozo y 4 lascas o navajas de corte talladas en piedra negra ígnea.

Este valioso conjunto, como explico en mi artículo publicado por el ICP en 1980, fue donado a la Sociedad “Sebuco”, gracias a las gestiones realizadas por mí, mediante conversación y planteamientos persuasivos expuestos al profesor de los niños descubridores, a los propios niños y a sus padres, lo que les indujo a convencerse ―ya que, naturalmente, estaban renuentes a desprenderse del “botín” de su increíble hazaña― de que la opción más saludable y conveniente en la disposición, destino y conservación de dicho hallazgo arqueológico, era ceder ese Patrimonio Arqueológico del Pueblo de Puerto Rico a la custodia de dicha Sociedad, lo que se hizo por mediación del Instituto de Cultura Puertorriqueña en ese acto representado por mí, como Arqueólogo y Director de la División de Arqueología de la para entonces prestigiosa, reconocida y máxima institución cultural de Puerto Rico.

Así las cosas, hacia 1990, encontrándome yo laborando para entonces en el Departamento de Recursos Naturales, en mi carácter de consejal representante de dicha instrumentalidad pública y secretario del cuerpo directivo del Consejo para la Protección del Patrimonio Arqueológico Terrestre de Puerto Rico, recibimos la solicitud de ayuda y respaldo organizativo y económico de parte de la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas “Sebuco”, para la realización de un encuentro de investigadores arqueológicos. Dicho evento se llevó a cabo en el Salón de Actividades de la referida sede de la Sociedad en el antiguo centro comunal de la Urb. Brasilia de Vega Baja.

Con respecto al descubrimiento de la cojoba, la más extensa y completa parafernalia ritual jamás descubierta y rescatada en todo el área del Caribe, tuve yo el honor de presentar, en dicha ocasión, una ponencia descriptiva e interpretativa del conjunto ritual de la cojoba del Cerro del Faro, bajo el título “Hallazgo de un conjunto artefactual relacionado con el ritual de la cojoba en Vega Baja, Puerto Rico”.

Tanto el manuscrito original de este estudio como un juego completo de fotografías técnicas y macroscópicas, en blanco y negro, ilustrativas de todas piezas talladas en madera, concha, huevo y piedra, fueron entregados a la Sociedad “Sebuco”, entidad que asumió la responsabilidad de reunir, editar y publicar todos los trabajos en esa ocasión presentados en la correspondiente memoria. Hasta el día de hoy, 30 y pico de años más tarde, nada de nada…

Y así mismo fue: Sociedad “Sebuco” de Vega Baja, grupo privilegiado que por décadas recibió todo tipo de ayuda, apoyo, gestiones, consideraciones, atenciones, servicios y accesos como ningún otro, de parte del ICP y de mi persona.

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Nota editorial: En este breve recuento histórico está expresada toda la verdad sobre la dedicación del amigo Ovidio Dávila a la creación de la institución que por muchos años sirvió a Vega Baja y a Puerto Rico y que fundamos oficialmente en 1977 ante otro buen vegabajeño Lcdo. Alejandro Torres Rivera, quien nos seirvió de notario público en la oficina de su hermano, Lcdo. Mario Torres. Esa ingente labor, que nos puso en el mapa de la historia, nunca ha sido reconocida más allá del grupo que recibimos la orientación y ayuda de este buen puertorriqueño Ovidio Dávila. Afortunadamente otro nombre, el de Luis de la Rosa Martínez no se perdió en la historia, pues el Centro de Investigación de la Historia de Vega Baja lleva su nombre.

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