En mi más reciente viaje pude apreciar mucho más lo que los vegabajeños tenemos por joya costera.


Por Carlos Narváez Rosario – Colaborador
Querido lector. Hace una semana que no les ofrecía una buena lectura de esas a las que les tengo acostumbrados, aunque sé que han estado bien entretenidos con los artículos con opinión que diariamente les ofrece nuestro administrador.
Precisamente, hace una semana fui invitado por una prestigiosa empresa automotriz alemana a la ciudad de Los Ángeles, California, para realizar las pruebas de manejo de varias unidades 2024 que pronto lanzarán al mercado a unos “módicos” precios que casi llegan al cuarto de millón de dólares.
Aparte de mi pasión por el deporte, desde hace poco más de una década también le he prestado mucha atención al mercado de los autos, y es algo fascinante.
En esta experiencia, pues, visité las icónicas playas de Malibu y Santa Mónica.
Playas en donde se han filmado grandes películas y series de un rotundo éxito mundial. Para que entremos en contexto, la afamada serie ‘Baywatch’ fue filmada en Santa Mónica.
Había visitado previamente ambos lugares, hace varios años en un fugaz paso por L.A. para la cobertura de un evento boxístico.
Pero esta vez quise sentarme a disfrutarla más a fondo. Observar con detenimiento el Pacífico, a los amantes de los deportes de arena y de las olas.
¿Y saben qué? Me aburrí. No porque no fuera atractiva a mis ojos, y mucho menos por alguna otra cosa que le reste atributos a estas kilométricas playas que sirven de remanso de paz para muchos.
Es que sencillamente yo vengo del pueblo de Vega Baja, Puerto Rico. Al que hoy, pues a los líderes y otras personas les gusta decir que es la cuna de Bad Bunny, pero a mí me gusta más recordar aquellas figuras del ayer que realmente pusieron el nombre de la ‘Villa del Melao Melao’ en el mapa del mundo.
Y en Vega Baja nosotros tenemos una playa que a muchos le gusta llamar ‘Mar Bella’, pero cuyo nombre es Puerto Nuevo, y donde todo el año -con excepción en las fechas que haya mal tiempo- nos regala una de las puestas del sol más maravillosas que jamás haya visto.
Que a diario nos regala aguas azules, cristalinas y transparentes, en las que sin temor a que nos salte un tiburón blanco -como sucede en las playas californianas a menudo- podemos nadar y disfrutar de la fauna acuática que ellas poseen.
Malibu y Santa Mónica tiene la misma textura de arena que la que encontramos en la playita vegabajeña, que no es kilométrica, pero es sin dudas uno de los lugares más paradisiacos del Caribe. Tiene despeje, deporte, un sol brillante y hasta varias ofertas gastronómicas que te llegan aun si estás sentado en la orilla.
No es una coincidencia de que hoy veamos, más que antes, decenas de turistas a diario embelesados mirando desde la arena blanca nuestra, la hilera de peñas que defienden del impacto natural este hermoso paraje.
Tristemente en Malibu y Santa Mónica, y también en todo Los Ángeles, la cantidad de deambulantes es alarmante, reflejo de la elevada economía. Muchos de ellos duermen boca abajo en la arena, mientras el clima así lo permita.
En Vega Baja, el gobierno municipal ha defendido a capa y espada nuestro balneario y han logrado llevarlo a la clasificación de ‘Bandera Azul’.
Claro, que todavía deben hacer muchos ajustes e inversiones. Como por ejemplo: mayor contratación de salvavidas, colocación de letreros de peligro (principalmente en las rocas) y las zonas de anidajes de tortugas. Mayor control con las embarcaciones que allí llegan, ya que se trata de una zona protegida y donde también abundan muchas especies, entre ellos manatíes. Y por su puesto, mayor control con los ruidos innecesarios y el desplazamiento del voceteo en las vías y en la arena, porque también los botes llegan bien equipados. Y que no se me olvide la imperante necesidad de hacer algo con la casona, el ‘elefante blanco’ número uno de nuestro municipio. El ejemplo al derroche público que nos dejaron pasadas administraciones.
Pero, en fin, Vega Baja, no tiene nada que envidiar a lo que usualmente muchos vemos al viajar.
Otra razón más para quedarme aquí, como decía uno de mis grandes mentores, “tranquilo y quieto como un trofeo”.

