
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Tengo pendiente una llamada o encuentro con la hija de Michael, Joan y con Jan, el nieto de Michael Cantellops. Para mi es fácil entender el proceso de transición pero no las pasiones que la muerte genera en familiares de los finados. Y confieso mi miedo de siempre de no poder convencer de la conformidad natural que debemos tener cuando ese desprendimiento nos ocurre.
No recuerdo a Michael de niño. Conocí primero a su padre y madre, a su abuela paterna, a su tío Pandoro y a familiares colaterales. Sabía que eran muy ligados a la familia Martínez de donde provengo pero no fue hasta que mi madre, hace muchos años me contó la historia de ellos con nosotros.
En el tiempo de la depresión y luego la Segunda Guerra Mundial el gran proveedor, mi bisabuelo Ramón Martínez Martínez, había fallecido víctima de una mala alimentación y diebetes junto a una de sus hermanas. En la Calle Baldorioty donde residían mi abuelo José B. Martínez (Pipo), también enviudó, teniendo la responsabilidad de dos niñas además de sus sobrinos. Vivían en una pobreza extrema, cuando los amigos de la familia Cantellops los socorrieron y proveyeron de alimentos.
Para mi es simbólica esta imágen, pues tres generaciones después, un descendiente, Michael Cantellops Paité, se ocupó de obtener conocimientos y destrezas para que este pueblo y otros no solo pudieran obtener alimentos marinos saludables, sino que llevó lo más exquisito a la mesa de los paladares más exigentes.
Mi más anterior recuerdo de Michael era haciéndome bullying en la escuela intermedia, allá para 1967. El era más alto que yo y se pasaba pegándome vellones y dándome cantazos en la espalda, que cuando volteaba, preguntaba ¿quién te dió? Mas tarde supe que le gustaba mi novia Melissa. Luego compartíamos en grupos en la escuela y nos graduamos juntos de Escuela Superior en 1969.
De una presencia completa en Vega Baja fui a estudiar a Arecibo, Río Piedras y Santurce. No recuerdo ni nunca le pregunté si había cursado estudios universitarios. Para mi Michael era mi héroe de historietas Aquaman por su destreza en la Playa Puerto Nuevo. Era un fiebrú playero, de esos que como Tilín Pérez, uno se encontraba siempre en nuestra costa.
Sus cuentos con los monstruos del mar eran épicos. Hablar con él era como leer a Helman Melville en Moby Dick ó a Ernest Hemingway en The Old Man and the Sea. Pero era la historia de nuestro mar vegabajeño, relatado por un conocedor de primera mano de sus interioridades y su encuentro con una diversidad de flora, fauna y todo un espacio contaminado y frecuentado por el ser humano. En ocasiones no solo lidió con el tiempo de un mar revuelto, vientos inusitados o una lluvia enceguecedora. Tuvo que evadir en el espacio de su taller de trabajo a ladrones, truhanes, contrabandistas y criminales y a accidentes.
A veces creíamos que exageraba por la pasión que ponía en sus relatos, pero eso también es propio de las personas que se enfrentan a los peligros en terreno ajeno. Si tienen duda, pregúntenme la ocasión en que fui asaltado y pusieron un revólver en mi sien.
Michael estaba destinado a ser un vegabajeño exitoso, pero fue más allá de ser un pescador como El Sordo o Músin, que son dos parámetros para comparar, cada uno cima de sus ejecutorias en la historia marina vegabajeña. Fue además, un buzo consumado. De los mejores, si no el mejor, de Puerto Rico. Y ser buzo implica algo más que capturar peces en su habitat.
Saber nadar en Vega Baja fue, por muchos años, tarea del educador Nicolás («Tilín») Pérez. Al igual que su maestro, Michael salvó vidas y rescató cadáveres. Pero como buzo hizo más, pues se introducía en áreas peligrosas de tanques gigantes de la industria farmacéutica o turbinas de la compañia de la electricidad para buscar personas o limpiar para su mejor funcionamiento. El hacía lo que otros no querían hacer o no contaban con el arrojo, el conocimiento y la experiencia que tenía Michael Cantellops Paité.
Michael procreó una familia que al igual que él, son muy vegabajeños y que a la primera oportunidad que tienen, lo demuestran.
Mis últimas conversaciones con Michael en el colmado de Vega Baja Lakes fueron vacilones y apuestas. Acordamos que el primero que se ganara el Powerball, regalaría un carro al otro. Me consultó también sobre las tierras de sus antecesores en el área de Vega Baja Lakes que fueron expropiadas para dar paso al Campamento Tortuguero. Dejamos esta conversación pendiente para cuando nos encontremos en otro plano.
Valorar la trayectoria de Michael Cantellops es una tarea compleja. Vivió por siete décadas en lo que considero como un vegabajeño exitoso y productivo que merece ser historiado por los que lo vimos retar al mundo marino del norte. Pero unas pocas palabras que expongamos en nuestros escritos sobre él, no hacen una historia. De hecho, creo que los mejores escritos sobre él los han producido hasta el momento Vicente Cabán (el hijo de «El Sordo») y su hija Joan. Pero hay más. Y hay que esculcar en la memoria colectiva de los vegabajeños porque si queremos conocer la palabra héroe en tiempos de paz, tenemos que recordar a Michael.
