
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
En estos días he pensado en la gente que se va muriendo a medida que voy envejeciendo. Parece como que cada día es menos la gente que conozco, como si la acción de conocer personas se hubiera detenido en mi vida. Tal vez sea así estamos menos expuestos por seguridad, menos interactivos y más sedentarios.
He sido afortunado de que conocí a muchos de mis antepasados; mis padres y mis hermanas aun viven. Aunque perdí colaterales, nunca a nadie de mi familia nuclear. Por eso conocí de lejos la sensación de vacío íntimo que muchos de mis primos experimentaron cuando tuvieron una pérdida de primer vínculo. Significa que lo he sentido desde niño, pero no la soledad deprimente usual que sé que se experimenta.
Actualmente no tengo tíos varones, aunque me quedan dos tías políticas por la vía materna. Todos mis abuelos y abuelas se fueron hace tiempo, al igual que un primo varón de cada uno de mis tíos paternos. Tengo una tía jubilada del magisterio y biblioteca en Manatí, hermana de mi padre. La cantidad completa de mis hijos, sobrinos y nietos llevan vidas plenas, libres de enfermedades y condiciones peligrosas y dentro de un ambiente de sanidad mental y espiritual.
La vida me ha educado para entender el final terrenal y su continuación en el más allá. Hay quienes se van sin esa experiencia y tal vez no lo puedan entender. He sido afortunado, como he dicho, pero también por tener mi tiempo para esa enseñanza. Desde luego, sé que debo esperar experiencias más cercanas, incluyendo la mía.
