
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
La parte material de mi madre ayer comenzó su proceso visible de separación de elementos. El aspecto triste de su partida que por lógica uno sabe que ocurrirá eventualmente a todos, sino terminar con la entrega que sus tres hijos y su esposo nos acostumbramos a coordinar para su cuido por muchos años. Esa rutina divina es irremplazable pues aunque alteró e impactó nuestra vida personal, nos permitió ser más unidos y sensibles y de conocernos mejor.
La sociedad que formamos para evitar sufrir la distancia de un cuido privado incluyó no solo a sus parientes más cercanos, sino a la presencia de familiares colaterales, amigos y personas dedicadas al servicio de ancianos que igual dieron los mejor de ellas para formar ese equipo maravilloso que sin duda extendió la vida de Yuya. Es una deuda por agradecimiento que tenemos por lo que nos quede de nuestra vida.
Carmen Obdulia Martínez González, fue conocida por «Yuya» desde niña. Fue la primer hija de José Belén Martínez Torres («Pipo») y Juana González Rivas. Sus antepasados se vinculan a quienes fundaron esta ciudad y nos liga a religiosos, políticos, comerciantes y personas importantes y menos importantes. De niña, quedó huérfana de madre y su abuela Carmen Antolina Torres Guerrero vino a ejercer la influencia mayor en la formación de su carácter. Su hogar era numeroso porque allí también estaban sus primos Miriam, Raquel y Ramón Daniel, quienes fueron criados como hermanos junto a su hermana de doble vínculo Julia Rita. Posteriormente vino un segundo hermano, José Belén, hijo de Emérita Millán Tió, «Melita».
El 6 de enero de 1952 se casó con mi padre en el templo de Nuestra Señora del Rosario, habiendo que solicitar una dispensa por su orígen cristiano religioso de la primera iglesia protestante que se estableció en Vega Baja, la Alianza Cristiana y Misionera. Junto a mi padre fotógrafo establecieron un negocio y una familia fuerte en la comunidad por décadas, hasta que hizo un retiro de labores para seguir administrando las labores de su hogar.
Mi padre enfocaba en su trabajo y negocios como fotógrafo, comerciante, periodista, político y ciudadano participante de las instituciones. Mi madre era su asistente en todo eso que mi padre hacía pero administraba el hogar, hacía la limpieza de todo, preparaba los alimentos, hacía la compra y fungía como consejera y cuidadora de toda la familia extendida. Buscaba el bienestar de todos como una misión de vida. Y siempre nos dedicaba todo el tiempo que necesitábamos para nuestra formación como seres humanos balanceados y saludables. Mi padre siempre la apoyó en sus iniciativas, lo que hacía que aunque fueran dos personalidades distintas y fuertes, estuvieran pensando y haciendo un binomio de acciones positivas y productivas por setenta y dos años continuos.
Pocos saben que fue la primer fotógrafa de Vega Baja. Cuando mi padre se ausentaba por estar haciendo otras labores o gestiones, era ella quien dominaba aquellas cámaras grandes fijas y tomaba los retratos para mantener el flujo de dinero en caja y dar al servicio a los ciudadanos. Pero también vendía discos, postales, mercancía para fiestas de cumpleaños y hasta administraba la provisión de bromas que tanto atraía a los jóvenes de las escuelas y a los adultos que celebraban actividades.
Puedo seguir enumerando y nunca estará completa una lista de las maravillas que esa mujer hizo. La más grande la logró desde su imposibilidad de levantarse para atender a sus hijos, nietos, familiares y amigos desde que una condición desconocida la postró. Los primeros años se comunicaba efectivamente, pero por la falta de mover sus músculos, fueron anquilosándose sus extremidades y cuando nos dimos cuentas, viró su cabeza hacia la derecha permanentemente y por accidentes cardiovasculares y cerebrales, perdió expresiones de su cara.
Aun así, con sus ojos grandes y su mirada fija, nos enviaba mensajes de amor todo el tiempo. La voz clara se fue apagando, su voluminoso cuerpo se redujo. Recuerdo que ya no se reía, pero cuando mis nietas Valentina y Dana la visitaron por última vez, una sonrisa se apareció en su rostro y articuló algunas palabras. Creemos pues, que tuvo consciencia activa hasta su último día. El martes, que fue cuando la atendí en vida por última vez, no pudo comer el mantecado de las tres de la tarde ni absorbió en agua que con sorbeto le puse en su boca. Comoquiera le canté algo para llamar su atención pero no pude cantarle el tema de Los Alegres Tres cuando terminaba de comer o beber algo: «Este programa se acabó, se acabó, se acabó, pero mañana volveremos, otra vez» o la canción de Quick: !Qué malo cuando se acaba!
Una vez notificamos a nuestros hijos el evento, los que estaban disponibles se presentaron en su hogar y tuvimos una reunión familiar hermosa y completamente espontánea con mi padre, mis hermanas, nuestros hijos, sobrinos y nietos. Nadie los convocó, vinieron como muestra de solidaridad por la persona que los unió que fue mi madre. Y mis hermanas Flor Rubí y Jossie, cumpiendo el deseo de mi madre, preparó un asopao de pollo y pan con mantequilla que por tantos que se nos allegaron creo que hubo que echarle agua para que diera. El evento fue maravilloso, muy de mami y según dijeron mis hermanas, era lo que ella quería. Nadie estaba llorando tan reciente pérdida, porque ella era alegre y todos tienen su legado.
Todas las decisiones posteriores a su desprendimiento del alma las estamos tomando en completa unanimidad mis hermanas, mi padre y yo. Después de su último suspiro, que fue literal, lloramos entre nosotros y con la persona que nos ayudó en su cuido los últimos años. Nada ha sido fácil, pero en la reflexión podemos entender que todo lo que aprendimos de ella, fue perfecto.
Ahora entiendo que la coincidencia de que estuviera en nuestras vidas no fue sólo para escuchar su bella voz cuando cantaba y que los descendientes han heredado. Ella vino como maestra a darnos lecciones de vida y a compartir nuestra alma de valores y experiencia. Desde su cama nos hizo dividir nuestro tiempo para fortalecer y dar otras dimensiones a las relaciones entre nosotros y con nuestro padre.
Agradecemos las inmensas expresiones de solidaridad y condolencias que hemos recibido por distintos medios. Son tantas, que no las hemos podido agradecer personalmente como debemos y haremos. Eso nos ayuda en esta etapa del dolor humano y a la adptación de la nueva realidad de su ausencia. La ventaja que llevamos es que su ausencia es ahora presencia permanente en nuestro pensamiento.
La ausencia de mi madre es presencia espiritual permanente porque cosechó mucho amor. Nadie sabe su destino final, pero, sólo el concepto de cielo encaja en su futuro.

Mi más sentido pésame, hermoso relato que nace del corazón. Un abrazo
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