60 segundos para reflexionar: El deseo de morir

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

A mi padre le gusta vivir, aun a sus 95 años en que ya no puede hacer algunas cosas como guiar, ciertos ejercicios y movimientos, ver con una visión plena ni ingerir comidas completas. Pero guarda todas sus funciones corporales, está relativamente saludable y fuerte y se pasa activo todo el día. Su lema es que va a vivir «50 años más y 50 de propina».

En sus últimos momentos, mi madre ya no quería vivir más. Confinada en una cama por siete años sin poder sentarse ni levantarse, hacer los quehaceres del hogar ni salir de vez en cuando a «pasear», como decíamos antes.

En varias ocasiones, me confió su pena y traté de trabajarla con mi falta de experiencia ante ese tema escabroso, le hacía chistes para desviar su atención, le llevaba a mis nietos para que se alegrara y hasta el ridículo trataba por ver cambiar su rostro reflexivo en una sonrisa. En ocasiones se convertía en mi hija, a quien le ponía los domingos el programa de «canciones inovidables», para que su mente se fuera a buscar la letra y las melodías de su pasado.

Creo que mami le temía a la muerte más por nosotros que por ella misma, pues había experimentado una tras otra la muerte de sus ascendientes lejanos y cercanos más que cualquiera otra persona de la familia. Su abuela, su madre, su padre, su hermano, los colaterales por parte de mi padre y muchas de sus amistades. En algunas, fueron muertes súbitas o producto de enfermedades largas y tristes. Como hija mayor, llegó a tener la responsabilidad de las tumbas de la familia a las que en su tiempo cuidaba y llevaba flores en días especiales. Pero el vivir muchos años, parcialmente incapacitada, deja tristeza y soledad.

Al tratar de confortarla, además de distraerla, le dije lo que yo sabía de la vida y la muerte. Le dije que había presenciado en ella una vida buena, justa para los demás, proteccionista de todos y un profundo amor hacia todos los seres humanos. Que nunca había visto un asomo de desprecio o maldad en su rostro ni acciones y que por ese lado, cualquiera que fuera su destino espiritual, iba ganando.

Le expliqué lo que había aprendido. Que en el interior de cada ser humano hay un alma, que es la parte espiritual más importante porque era permanente y que el cuerpo era solo como un vestido prestado y de poca durabilidad relativa que se va deteriorando hasta que llega el día en que se desmagnetiza y revierte a los elementos originales. Le recordé la máxima bíblica del libro de Génesis, Capítulo 3, versículo 19: «Del polvo vienes y al polvo irás».

Fui más allá con tres cosas más que he aprendido. Una es que se puede creer que ante la muerte se acaba todo, que hemos sido una criatura donde no hay un dios ni hay vida eterna ni reencarnación. Otra, que puedes creer en la promesa cristiana de una resurrección en sus distintas variantes para vivir una vida eterna o puedes optar por la reencarnación.

La reencarnación, en síntesis, es una alternativa de creencia que en su principio, los padres de la Iglesia Católica la aceptaban. Luego, al convertir la espiritualidad en dogma, la rechazaron pues no se ajustaba a los principios que querían que se creyeran. En cualquiera de las dos creencias, la cristiana o la reencarnación, hay variantes culturales. En la cristiana se muere, eres juzgado y salvado o condenado. En la reencarnación, el alma es permanente y va evolucionando a través de experiencias en cuerpos nuevos y sanos hasta que se alcanza el nivel máximo de espiritualidad para integrarse con la Inteligencia Universal que es Dios. La responsabilidad de nuestro destino final, es pues, nuestra y de nadie más.

No se si mi madre me entendió, pero eso le dió paz. De una ansiedad evidente, se asomó la paz en su rostro y me dijo «Cuando Dios y como Dios lo quiera». Para ese tiempo aun podía expresarse y hablábamos de todo. Era una de mis fuentes de historia, pues su memoria, como la de mi padre, era asombrosa. Es curioso que hubiera optado por la cremación, donde se acelera el proceso de pureza y de la desintegración de la materia.

Cuando pasó por la transición, no pude cerrarle sus ojos. Los mantuvo abiertos mirando hacia el cielo de su corazón y de su comprensión y estoy seguro que con conocimiento de su próxima etapa no de muerte, sino de más vida.

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