
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Todos admiramos y a la vez rechazamos a los políticos. Hay que entenderlos y nunca odiarlos, pero nunca dejar de observarlos.
La política es una ciencia social que utiliza distintos métodos, donde predomina la percepción. Lo importante para la política en la práctica es muy distinto del análisis político metódico. No es lo que realmente se dice, sino cómo el ciudadano percibe sus mensajes. Los políticos, son pues, truqueros. La eficacia del truco se traducirá en apoyo a su persona.
El problema es cuando endiosamos a los políticos. Nos creemos que son honrados, leales a nosotros, serviciales, amigables y confiables. Los ponemos en un pedestal porque van a la iglesia y «comen santos» o son «aleluyas», provienen y desarrollan una aparente buena familia, se retratan con gente clave para demostrar que tienen poder o con personas de buena reputación o queridas en la comunidad, incapacitados o personas que necesitan y reciben ayudas económicas o comunales.
Ellos tienen algunas cualidades negativas que marcan su carácter. La primera es que son usualmente vanidosos. Vanidoso viene de vano, hueco, arrogante. Ellos quieren que creamos que son los mejores para los cargos que ocupan para luego obtener nuestro favor del voto. La vanidad se acrecenta cuando logran los cargos.
Luego de obtener el cargo, en la mente de muchos y en la del vanidoso, se crea una atmósfera perceptual de que la persona es la idónea para ejercer esa posición. Pero luego utilizan este medio temporero de poder para manipular los medios de gobierno a la que tienen acceso y decisión y hacerlo su vehículo de propaganda política, puntualizar sus «logros» y lograr eventualmente su reelección.
Como consecuencia de su vanidad, aparece la oportunidad; son oportunistas tanto en la manera positiva de ofrecer un mensaje positivo de pensamiento y ejecución como para esconder la realidad o posponer el conocimiento público de ella y poder llegar a las elecciones sin manchas. Es regla no escrita en el arte de la política de que ningun político acepte errores. Los «yo no sabía nada», «me enteré muy tarde», «la culpa es de otros» o «esa no era mi responsabilidad» son usuales en las contestaciones estereotipadas de ellos. El mantener silencio o enviar mensajes subliminares también son métodos para esconder verdades.
¿Cómo debemos tratar a los políticos? Hay que observarlos. Buscar sus antecedentes. Estudiar sus movimientos. Si es leal en el matrimonio o se presta al engaño marital o de pareja. Si la constitución de su familia es una genuina o se reprodujo para alentar la admiración de quienes creen en sus sentimientos ó si ha creado una pantalla para que le admiremos. Algunos interrumpen sus buenos oficios con problemas de excesos de sustancias legales o ilegales, de juego o si se trata de un depredador sexual, que los ha habido en nuestra historia.
Hay que verlo en su interacción con otros. Si en su organización política ha sido honrado en las finanzas y en el trato personal a sus correligionarios. Si en su área de trabajo gubernamental es una extensión de sus ideales personales y de su partido político, utilizando los recursos municipales para la esclavitud política, la exclusión, el carpeteo y la persecusión. Si lo que dice lo cumple y lo que se pregunta lo responde sin trastabillar ni posponer. Hay que ver si también ha usado el poder político y económico del gobierno que dirige para promover o eliminar las instituciones no gubernamentales.
Se nos permite desnudarlos, porque ellos se quitaron la ropa primero. Al ellos optar por pedirle al pueblo un trabajo temporero de cuatro años, hacen unas presentaciones de su hoja de vida y cualidades que no tenemos que aceptar como ciertas y debemos descubrirlas cuano no lo son. Aun cuando lo fueran, el ejercicio de la postulación y ejercicio del cargo es uno continuo, por lo que la evaluación de sus procederes tienen que también estudiarse y analizarse todos los días.
Es un privilegio ser político, pero es un derecho de los ciudadanos saber cuánta verdad hay en cada uno de ellos.
