
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Desde hace años tengo un «Solar Eclipse Viewer» esperando que hubiese un eclipse solar para satisfacer mi curiosidad y tener esa experiencia. He estado largas horas viendo como la luna se transforma en un eclipse lunar y de veras que me gustaría tener la experiencia de observar uno solar. El próximo será en una fecha incierta para mi vida en el futuro, pero para esta oprtunidad de hoy, paso, como decimos en el dominó.

Dicen que uno se puede quedar ciego, pero me basta con la ceguera que me obliga a usar espejuelos desde los diez años. Y como diabético, tengo que cuidar el nervio óptico para que no se dañe con el progreso de la condición. Para vigilarlo, debo visitar por lo menos una vez al año un oftalmólogo especializado en retina. Pero además, ya no tengo la curiosidad que me hubiera animado de niño o de jóven de explorar lo desconocido cuando había un peligro. Mejor miro el eclipse después que pase, por televisión o viendo como se opaca la luz exterior indirecta.

Este es un evento interesante, que puede atraer la curiosidad e ignorancia de los niños a los que decirle «no se debe» es activar su ¿porqué? callado, interno y automático y su deseo de conocer por experiencia. No es, pues, un día para salir fuera con los niños ni propiciarle ver con los filtros seguros esa experiencia porque pueden por accidente, omisión o atrevimiento mirar el sol fuera de las gafas.
Mi Solar Eclipse Viewer, por lo tanto, tendrá que ir a los objetos históricos que guardo en un rincón.
