
Por El Gato Nino
En mi casa me siento querido y protegido. Cuando salgo de la puerta para afuera me encuentro a otros gatos y hasta perros quienes tienen familia como yo, pero otros no. En ocasiones son amigables, pero no siempre. Y entonces tengo que escapar de situaciones que no quiero estar, como peleas o defensa con animales más fuertes que yo.
Cuando eso ocurre, corro despavorido, temeroso de que me hagan daño. Si llego a mi casa me meto por la entrada que nos proveen nuestros padres o practicamos el alpinismo subiendo por las verjas y columnas hasta que llego al techo de la casa del vecino o la nuestra. Dada la estructura molecular con la que nacemos, seguimos la tendencia genética de los animales que nos precedieron en la selva, buscando lugares altos para observar el ambiente y procurar nuestra seguridad y preparar estrategias para conseguir nuestro alimento.
Cuando estoy enfermo, busco hierbas en el jardín para curarme y las ingiero. Pero cuando la condición es más fuerte, me llevan a un médico de animales, que llaman veterinario. Generalmente allí me ponen vacunas, pero a veces nos las ponen fuera de esa oficina, en actividades comunitarias o municipales para mascotas vegabajeñas.
Ah, porque soy vegabajeño, como mis padres y mis hermanos. Desde que en una ocasión el Gobierno Municipal convocó a los «vegabajeñitos» como yo para una vacunación masiva y se nos adjudicó el gentilicio, el cual llevo con orgullo.
De hecho, nunca he salido de Vega Baja excepto algunos viajes para atender cuestiones de salud, por lo que este es mi mundo, el que conozco y el que disfruto.
