Mi compromiso con la historia vegabajeña (2. La Escuela), por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Creo que aparte de mi familia, mis maestros tuvieron que ver en la formación de mi compromiso con la historia. Todos mis maestros y maestras los recuerdo con gran cariño. En la Escuela Padilla fueron Fanny González, Laura Marrero, Petra Rodríguez, Elvira Sostre, Panchita Solís, Carmen Cruzado, María Sánchez de Alverio, Elba Cortés y Sara Valle. Puede ser que no me acuerde de sus nombres correctos de pila, pero si de su amor y dedicación. Ellas tenían que hacer planes, exámenes, poner notas, hacer informes y nunca las vi quejarse del inmenso trabajo que realizaban.

En la Escuela Intermedia tuve otros grandes maestros, todos tambien extraordinarios, como Gaspar Jiménez, Quintín Valle, Celso Martínez, Ana Otero, Norma Nuñez, María Rosario, Cepeda, Ofelia Dávila y algunos que no recuerdo sus nombres, pero tengo presente sus imágenes. En especial tengo que recordar a Carmen García de Cano, bibliotecaria, con quien hice pininos en un periódico escolar y quien me llevó a la experiencia de ir a una librería por primera vez, con su esposo Luciano Cano Rodríguez. Eran gente de otra clase, comprometidas con la educación.

En la Escuela Superior, que entonces tenía el nombre de Brígida Alvarez Rodríguez, tomé clases con Célida González, Teresa Camacho, Matilde Pérez, Mr. Rosado, Sarah Otero Joy, Teresita Negrón, Oneida Montes, Ramón Rivera Montes y otros. Ahí el ambiente era de otro nivel pues nos preparaban para eventualmente ir a la universidad.

Matildita y Sarah eran unas maestras extraordinarias de literatura, que transmitían el interés por las obras literarias con contagioso entusiasmo. Teresita Negrón, que enseñaba biología, era en realidad un ser compasivo y amoroso que infundía respeto y motivación para nunca faltar a su clase. Recuerdo que dos compañeros que se ausentaban mucho por problemas familiares, ella le abrió un espacio en sus clases para que asistieran en la hora que quisieran. Descubrió que en realidad no era que faltaran a clases, sino que llegaban tarde porque trabajaban y tenían problemas de transportación. Uno de ellos se convirtió en un gran compositor y músico local.

Tere Camacho era mi maestra de historia oficial, pero habían tres maestros adicionales no oficiales que me dieron el aliciente para escudriñar el pasado vegabajeño. Tere siempre ha estado pendiente de lo que hago en historia. Recuerdo que asignó un trabajo y yo escogí resumir la Biblia. En otra ocasión rescató en unas inundaciones en Brasilia un resúmen de la Historia de Vega Baja que había preparado. Hace tiempo que no la veo, pero mi amor por ella no ha cambiado y siento que durante una de las administraciones municipales relegaran a un escritorio a esa mujer buena, intensa y servicial.

El trío de maestros que menciono estaban relacionados a mi padre. Dos de ellos, Rodrigo Rivera Maysonet y Julio Meléndez, habían sido sus condicípulos y el tercero Rafael Rodríguez Fenández (Rodriguito), había sido su maestro de historia. Con ninguno de ellos tomé clases, pero me permitían estar en sus salones cuando tenía hora libre o se ausentaban mis maestros. Julio Meléndez no era maestro de historia, pero igual dominaba la tradición oral y la experiencia vegabajeña como ninguno. De hecho, escribió el primer libro de historia (Literatura Vegabajeña) y muchas biografías y literatura basada en hechos reales de nuestro común pasado. Reconozco la influencia de Don Julio, siempre estimulándome y abriendo mis sentidos para que buscara nuevos temas y derroteros en la historia vegabajeña.

No terminé mi escuela superior en Vega Baja aunque celebro con las clases graduadas de 1969 y 1970, donde están mis condicípulos y amigos. En el verano de 1969 tomé en la Escuela Superior de Manatí un curso de Literatura Puertorriqueña con la maravillosa Sra. Marrero que era maestra, actriz y sicóloga, todo en una persona y otro de física con el también excelente maestro vegabajeño José Ríos Pabón, quien infundía confianza y su clase de dos horas se nos iba demasiado rápido por lo interesante de su estilo pedagógico.

Sin haber tenido esos estímulos en mi hogar y la escuela nunca hubiera encontrado el camino. Reconozco la escuela de entonces como una en que los maestros eran también nuestros padres y madres que con mucho honor y dedicación nos educaban y también nos cuidaban.

Cuando hago el recuento, la mayor parte de esos héroes de mi formación ya han pasado por la transición. Pero igual los tengo en mis adentros, porque las cosas buenas que me enseñaron las recuerdo y practico.

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