
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
!Qué bella es la vida! es una frase filosófica que mi padre repite a menudo. A sus 95 años sigue siendo el mismo que hemos conocido toda la vida, aunque ahora no tiene filtros. Dice lo que cree, opina lo que le da la gana y poco le importa que pensemos distintos. Eso sí, procura que todos estemos bien, felices y que compartamos en familia.
A sus tres hijos, 12 nietos y muchos bisnietos, su entorno cambia de día a día porque no es un ser estático, sino dinámico. Todos sus hermanos varones menores fallecieron hace tiempo, al igual que dos sobrinos y su esposa. Pero en lugar de mirar la muerte, mira la vida. No es regañón con sus nietos, pero los confronta con noticias de asuntos locales, internacionales y de política, para interesarlos, si no lo estuvieran.
Cada etapa de la vida trae sus propios asuntos, problemas y situaciones en los cuales a veces no tenemos la experiencia para afrontarlos. Para mi padre, que ha vivido cada época disfrutándola sanamente, con valor y tesón, estar cerca del fin de su vida como es usual suponer, no lo atribula, es más, no cree en ese concepto. Todavía hace cosas y hace inventos para su futuro y dice que hay oportunidad con las prórrogas y las propinas del tiempo.
¿No es mejor vivir con esa filosofía de vida?
