
Por Luis de la Rosa Martínez
(Publicado originalmente en Vega Baja su historia y Cultura, Gobierno Municipal de Vega Baja 1987 y el el Diario Vegabajeño de Puerto Rico el 17 de enero de 2023)
PREHISTORIA Y PROTOHISTORIA
Sebuco
No fue hasta 1976 que comenzó el estudio continuo y más o menos sistemático de la prehistoria de Vega Baja. La organización en ese año de la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas, Sebuco, fue la causa para que se llevaran a cabo estudios dirigidos a determinar la presencia de yacimientos arqueológicos en el área, dando como resultado un rico inventario de sitios donde la presencia de habitación indígena en el pasado se hace evidente. Es cuantiosa la lista o catálogo levantado, y puede decirse que, prácticamente, en todos los barrios de la municipalidad se han encontrado restos de las antiguas culturas indígenas que habitaron en Puerto Rico en distintas épocas.1
Dichos restos arqueológicos, que incluyen desde huesos humanos y de animales, instrumentos de piedra, concha y madera han aparecido, tanto en las áreas llanas costeras, como en los barrios montuosos del interior. Asimismo, las cuevas de uno y otro lugar han sido exploradas; y casi sin excepción, en ellas se han encontrado artefactos correspondientes a los distintos períodos culturales indígenas; una gran cantidad de petroglifos y algunas pictografías, que son los vestigios de una antigua expresión de arte rupestre.
Como no se han realizado aún pruebas de carbono 14 con el material encontrado o recuperado de ninguna de las excavaciones que hasta hoy ha llevado a cabo la Sociedad Sebuco, tomamos como buena para Vega Baja, la cronología que se acepta como acertada para toda la Isla.2 Al hacer lo anterior estamos diciendo que esta área estuvo habitada desde el año 365 A. C., que corresponde al inicio de la llamada Cultura Arcaica o precerámica y preagrícola. El segundo periodo cultural corresponde al llamado Igneri, y cubre desde el año 40 D. C. al 600 D.C., aproximadamente. Aunque no son muchos los yacimientos arqueológicos encontrados en Vega Baja de esta cultura “ceramista” y agrícola, no obstante, uno de ellos, encontrado y excavado en el Barrio Puerto Nuevo, es el más rico y el más grande de Vega Baja, desde todos los puntos de vista.
Por dos meses estuvo el arqueólogo Ovidio Dávila dirigiendo los trabajos de excavaciones de ese yacimiento, y los resultados obtenidos demuestran un dilatado período de habitación, así como una extensa población indígena.
Las culturas posteriores, Ostiones (600 D. C. -1200 D.C., y Taína (1200 D.C.), respectivamente, también están representadas en otros yacimientos de los muchos que han sido registrados y estudiados en Vega Baja. No obstante, es preciso decir, que desde el punto de vista
estrictamente científico, solamente dos yacimientos han sido excavados: Uno de ellos, Igneri, del que ya hemos hablado, y el otro correspondiente a la cultura Ostiones, que a pesar de ocupar una pequeña extensión de terreno, su profundidad es suficiente para demostrar una antigua y larga ocupación poblacional.
No ha sido excavado por la Sociedad Sebuco ningún yacimiento que demuestre ser eminentemente taíno, aún cuando en distintos sitios la cerámica dispersa en la superficie corresponde a ese período cultural. Esa será obra a realizarse en el futuro.
Así las cosas, podemos decir que el territorio que hoy ocupa Vega Baja fue habitado inicialmente desde hace unos 2,348 años, y que, desde entonces, lo ha sido en forma ininterrumpida, ya que los indios aborígenes desaparecieron cuando estaba presente el invasor europeo.
Dos primicias vegabajeñas en la arqueología puertorriqueña
En el año 1975, el ya mencionado arqueólogo, Sr. Ovidio Dávila, alentado por el Sr. Roberto Martínez (profesor de Morovis), confirmó la existencia de unas pictografías en una cueva del Barrio Almirante Sur de Vega Baja. El hallazgo resultó ser histórico, ya que esas pictografías fueron las primeras de carácter policromado que se descubrieron en Puerto Rico. Sobre ese descubrimiento, el arqueólogo Dávila publicó un libro titulado Las Pictografías de Cueva Maldita, acompañado de fotografías que sirven como testimonio del descubrimiento.
Pocos años más tarde, el profesor vegabajeño, Sr. Felipe Oliveras, acompañado por algunos de sus discípulos, visitaron una cueva casi inaccesible y en ella encontraron dos de las llamadas “espátulas vómicas”, talladas en madera, y simulando serpientes. Junto a las espátulas encontraron, además, cuatro maracas talladas también en madera, y otros artefactos de los que se asocian con la ceremonia o “ritual de la cojoba”, que celebraban los indios bajo ciertas circunstancias y ocasiones especiales.
Enterada la Sociedad Sebuco del hallazgo realizado por el profesor y los discípulos, y notificado el arqueólogo Dávila, éste hizo las gestiones pertinentes hasta que logró recuperar los artefactos encontrados. Esas “espátulas vómicas” fueron las primeras de su clase encontradas en la Isla, y hoy son patrimonio del pueblo de Puerto Rico; muy particularmente, de Vega Baja. Éstas son parte importante de la colección de la Sociedad Sebuco, y se exhiben en el museo de esa Institución.
Si bien es cierto que las piezas o artefactos indígenas que se encuentran al azar (por agricultores y demás personas en sus actividades cotidianas), no aportan gran información desde el punto de vista científico, no es menos cierto que constituyen una fuente más de conocimiento general. El sinnúmero de piezas arqueológicas encontradas en algunos barrios de Vega Baja; sobre todo, en el Barrio Pugnado Adentro (antiguamente, Pugnado), es sin lugar a dudas, evidencia suficiente para suponer que existió una gran población indígena y un gran trasiego humano. Desde hace muchos años en dicho barrio se han venido encontrando artefactos indígenas que están asociados con jefes o caciques indígenas, como son los asientos de madera o piedra llamados tures dujos, y los enigmáticos collares de piedra. De eso hace muchos años, pero llama la atención que el hallazgo de las espátulas a que ya hicimos referencia, fue precisamente en ese mismo sector de Vega Baja. Pero aún hay más motivos para sospechar que existió un gran establecimiento indígena por esa región. Algunas de esas piezas a que hacernos referencia se han encontrado al mismo nivel estratigráfico que otras armas de fabricación europea, y esto, unido al topónimo “Punao”, del barrio en cuestión, se presta muy bien para sospechar que allí los españoles confrontaron algún tipo de “pugna” en su gestión colonizadora.
Además, la documentación posterior (siglo XIX), da margen para pensar lo que hemos postulado, ya que en escrituras de compra y venta de sectores del antiguo barrio de “Pugnado”, se mencionan lugares tales como: “El Sitio de los Indios” y la “Estancia de los Indios”. Para esta segunda edición contamos con nuevos datos sobre la población indígena que habitó en los alrededores del Río Cibuco.
La evidencia documental
Por los primeros documentos producidos al comenzar la conquista y colonización de Puerto Rico, se sabe que en el 1508, Juan Ponce de León, luego de entrevistarse con el régulo Guaybaná, hizo un primer viaje exploratorio por la Isla, con el propósito de familiarizarse con otros caciques indígenas. Moviéndose hacia el este desde el poblado de Guaybaná (localizado en lo que hoy es Guánica), Ponce de León pasó luego la costa oriental del país, y al llegar al litoral norte recibió del cacique Guacabó, del Cebuco, unas pepitas de oro3, sacadas, presumiblemente, del río con ese topónimo, que daba también nombre a toda la región que hoy ocupan los pueblos de Vega Baja, Vega Alta, Corozal y Morovis.
Fue ése el primer contacto de los aborígenes que por allí vivían con los hombres blancos europeos. Poco tiempo después, cuando se inició en forma definitiva la conquista y colonización con el establecimiento de Caparra como centro de operaciones en la costa norte, el cacique Guacabó fue uno de los varios jefes indios que tuvo Ponce de León “en su mano”. Durante poco tiempo estuvo Guacabó y sus subalternos nitaínos y naborías sirviendo al Conquistador, ya que al ser nombrado Juan Cerón como Gobernador de la Isla, a fines de 1509,éste hizo el primer repartimiento de indios, quitando a Guacabó y otros caciques del mando de Ponce de León, y lo encomendó a otro de los colonizadores.4 Con el sistema establecido de la Encomienda, Guacabó pasó y concluyó su vida trabajando en estado servil en las minas y arenas auríferas del territorio que una vez había estado bajo su dominio: el territorio del Cebuco. Es de suponer que el viejo cacique viviría desde entonces arrepentido de haber estimulado la codicia de los nuevos amos, desde el momento en que tan generosa y hospitalariamente entregó aquellas pepitas de oro a Juan Ponce de León.
La primera mitad del siglo XVI transcurrió con una gran actividad minera, cuyo centro de administración política residía en Caparra, y su centro manufacturero en la llamada “Hacienda Real”, establecida en las márgenes del Río Toa, y como fuente de abastecimiento de materia prima (oro) el territorio del Cebuco y las arenas auríferas del río del mismo nombre. Al agotarse el oro, se impuso la necesidad de incrementar la actividad agrícola, que hasta ese momento había tenido un estricto propósito de subsistencia, a la vez que en la “Hacienda Real” se experimentaba con la adaptación de nuevas plantas para el cultivo.
Entonces se inició desde Caparra un proceso de expansión poblacional que al principio se limitó a lo largo del litoral, muy especialmente hacia el oeste. Se iba en busca de nuevas tierras donde se pudieran desarrollar, ahora en forma intensa, la ganadería y la agricultura. Como consecuencia de ese proceso, el territorio del Cebuco, al cual antes se había ido en cuadrillas transitorias en busca de oro, comenzó a poblarse en forma definitiva, aunque esporádica. Dado el limitado número de pobladores que comenzaron la aventura colonizadora desde Caparra, así como las grandes dificultades que un nuevo y desconocido territorio presentaba, es de suponerse que no serían muchos los vecinos que estaban establecidos en la ribera del Cebuco al concluir el primer siglo de conquista y colonización. De todos modos, al concluir éste, se habían sentado las bases para la formación de una sociedad rural caracterizada por la crianza de ganado, tanto en grandes como en medianos predios conocidos como hatos.
Notas
1. La lista o catálogo de “sitios” o yacimientos indígenas ha sido preparado por los miembros de la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas e Históricas, Sebuco, Inc.
2. La cronología que nos ha sido ofrecida por el arqueólogo Ovidio Dávila, es la siguiente: Cultura Arcaica (360 A.C.- 40 D.C.), Cultura Igneri(40 D.C.- 600 D. C.), Cultura Ostionoide, (600 D.C.-1200 D.C.) y Cultura Taína (1200 D.C. hasta su extinción). Dadas las investigaciones que están en proceso, estas fechas están sujetas a cambio.
3. Federico Ribes Tovar: A Chronological History of Puerto Rico, Educational Publishing, 1973, New York; p. 21.
4. Monseñor Vicente Murga, Historia documental de Puerto Rico, Vol. II, (15l9- 1520), 1957, Santander, España; pp. 455; 463; 465; 480 y 483.
El siglo XVII
“Los vecinos de esta isla son muy pocos y los más de ellos estropeados, de mucha edad”1 “La población de esta isla se va consumiendo y acabando”2
Las citas que preceden este capítulo constituyen el más elocuente estado de la población de la Isla durante el siglo XVII. Ambas son expresiones de gobernadores de la época en informes remitidos al rey. Con la excepción de San Juan y algunos pequeños centros urbanos como: Coamo, San Germán, Aguada y Arecibo, el resto de la Isla estaba prácticamente deshabitada, con sólo algunos vecinos establecidos en las riberas de los ríos y algunos valles del interior. La ribera del Río Cibuco era una de las habitadas, pero su población estaba muy dispersa y aún no se había iniciado un núcleo poblacional urbano. Sabemos la existencia de vecinos en ese territorio por un documento eclesiástico producido durante la primera mitad del siglo XVII.
En el año 1644 arribó a Puerto Rico el Obispo designado, Don Fray Damián López de Haro. Tan pronto llegó el nuevo prelado, observó que no existían en la Catedral, Constituciones Sinodales, “…que son las reglas y leyes por donde nos debemos regir, y gobernar, ni memoria de haberse establecido, ni celebrado Sínodo…”3, tal y como estaba decretado por el Concilio de Trento. Para corregir la anómala situación, el Obispo convocó a un Sínodo, y en él se produjeron las tan necesaria Constituciones Sinodales, publicándose éstas de inmediato para el conocimiento de todo los vecinos de la Isla.
En la Constitución número IV, titulada: “Del Precepto de Oír Misa, y de cómo se ha de practicar en los campos”, se establece el lugar y los días en que los habitantes de la Isla deberían oír misa. Las pocas iglesias y ermitas que se habían erigido hasta ese momento, y la gran dispersión de los habitantes del País, hizo necesario que se tomaran medidas en el Sínodo con el propósito de asegurar a todos los cristianos el Sacramento de la Misa. En la citada Constitución número IV, se especifica el lugar y la frecuencia con que debían oír misa los vecinos. Para los habitantes de la “Vega de Cibuco”4 se dispuso que, por carecerse de iglesia y ermita en el lugar, irían una vez cada treinta días a una de las dos iglesias que existían en la ribera del Toa. Una de dichas iglesias localizada en el ingenio de Doña Volanta Ferrer, y la otra, en el del difunto Don Pedro Moya, las cuales quedaban a unas tres leguas de la Vega del Cibuco.
Por este magnífico documento de las Constituciones Sinodales de 1644 conocemos que ya en esa época, la ribera de la Vega del Cibuco estaba habitada y en ella había establecidas algunas “estancias agrícolas”, y cuyos propietarios estaban sujetos a cumplir con ciertos preceptos religiosos y gubernativos. Así lo dice el texto del documento, y se comprueba con otros documentos de algunos años posteriores que no tienen, precisamente, nada que ver con una vida muy cristiana practicada por aquellos pobladores. Según datos obtenidos por el gobierno, por el puerto de Cibuco se hacía contrabando con embarcaciones de distintos puntos del mundo, lográndose detectar solamente dos casos en los cuales se introdujeron “mercaderías” al margen de la ley.5 La actividad contrabandística debió ser mayor, ya que los dos casos registrados deben haber constituido sólo una fracción de toda ella. Por su propio carácter ilegal, no existen registros que revelen la totalidad de una actividad de tal naturaleza.
La actividad contrabandística que se producía a través del puerto del Cibuco se repetía continuamente por casi todo los puertos y radas del país, incluyendo el de San Juan, y en él participaron gobernadores, clérigos, oficiales reales, militares y el pueblo llano.
En el 1691 escribió el gobernador Gaspar de Arredondo al rey diciéndole: “Estaban tan enviciados en el contrabando, así los eclesiásticos, como los demás vecinos de los pueblos…”6
Comentando el hecho de que casi todo el pueblo de Puerto Rico se lanzó al contrabando, el historiador Ángel López Cantos dice: “Podemos afirmar categóricamente que el pueblo llano puertorriqueño no buscó en el contrabando lucro alguno, sino que fue empujado por la impotencia comercial de la España de la segunda mitad del siglo XVII, y el desamparo en que lo tenía la metrópoli”.7
Al concluir el siglo XVII esa era la situación en Puerto Rico. Es de presumirse que, como sucedía en el resto del País, los ribereños de la Vega del Cibuco estarían ocupados en las tareas de desmonte para el cultivo de frutos, la crianza o cacería del ganado cimarrón que deambulaba por los montes, y llevando cueros de animales y algunos otros productos de contrabando al puerto del Cibuco, o peregrinando hacia la ribera del Toa, cuando el tiempo se los permitía, a cumplir con el Sacramento de la Misa.
Notas
1. Ángel López Cantos, Historia de Puerto Rico: 1650-1700, Sevilla, 1975, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, p. 13.
2. Ibid.
3. Constituciones Sinodales hecha por el 1lustrísimo y Reverendísimo Señor Don Fray Damián López de Haro. Obispo de la Ciudad de San Juan de Puerto Rico…, 1644.
Para este trabajo se ha utilizado una fotocopia del documento original que se encuentra en el Archivo General de Puerto Rico.
4. Ibid.
5. López Cantos, Op. Cit., pp. 272, 378.
6. Ibid., p. 272
7. Ibid.
El siglo XVIII
A pesar del conocimiento que tenemos de la presencia de habitantes en la ribera del Cibuco y el territorio de La Vega durante los siglos XVI y XVII (por las referencias que sobre ellos hacen varios documentos de historiadores), no es hasta bien entrado el siglo XVIII que la documentación disponible ofrece nombres propios de los pobladores. Queda así de momento, y hasta que nuestra investigación pueda extenderse a los archivos españoles, la interrogante sobre quiénes fueron aquellos primeros habitantes de este territorio. No obstante, esa limitación, a través de las Actas del Cabildo de San Juan (que era el lugar donde residía la autoridad administrativa que regía a los habitantes del territorio del Cibuco y de La Vega), podemos conocer algunos nombres de aquellos individuos que solicitaron y a quienes se les concedieron tierras en esa ribera desde el 1731 en adelante.
Para ese año ya poseían tierras, entre otros en este lugar, los señores: Pedro Montañez, Juan de Jesús, Felipe Marrero, y el sargento mayor, Francisco Bracero. Con ellos, y según se desprende de las Actas del Cabildo de San Juan (que van desde los años 1731 a 1763), cohabitaban y residían en este lugar sus familiares. Sobre la tierra que esas familias ocupaban, desde sabe Dios cuánto tiempo, se hicieron peticiones de tierra al Cabildo de la Capital por parte de otros individuos como, Alonso de Avilés y Gerardo González. El primero solicitó y consiguió que se le adjudicara una caballería (doscientas cuerdas) de tierra de la estancia que ocupaban “los menores herederos de Pedro Montañez. Por otro lado, González logró que se le adjudicara una caballería, que fue segregada de un hato que poseía Juan de Jesús.
Aunque desconocemos el desenlace de la petición, sabemos que un tal Bernardo Música, en representación de su suegro, Diego Gaitán, puso pleito, en 1731, para que se le adjudicara una parte de las tierras que ocupaba Felipe Marrero.1 Asimismo, en 1744, Domingo Negrón y Juan de la Escalera, solicitaron y consiguieron tierras, que ya desde antes estaban ocupadas por varios vecinos en el sitio de Algarrobo. Para esta nueva concesión de tierra, fue preciso mudar, como ya dijimos, a sus antiguos ocupantes; entre ellos, al sargento mayor, Francisco Braceros y su familia. Escalera había sido Alcalde Ordinario de San Juan, durante los años 1736 y 1737, y luego Regidor de ese mismo ayuntamiento, en 1739.
Sobre tierras que no estaban ocupadas, solicitaron en 1731: Francisco Serrano Braceros, Bartolomé Serrano Braceros y Juan Martín Tirado. Los tres pidieron tierras para fundar hatos de ganado mayor y menor en el sitio de Piedra Redonda, en la ribera de La Vega. A Pedro Ortiz, en 1732, se le otorgaron dos caballerías (cuatrocientas cuerdas), en el sitio del Amador, en la misma ribera. Igualmente, en 1743, en el sitio de Quebrada Hicotea, se le otorgaron tierras al teniente Tomás de la Cruz. Otra caballería para establecer una estancia, logró en los mismo términos Gregorio Hernández, en el sitio de Quebrada Arenas.3
Sin que conozcamos el desenlace y lugar de su petición, sabemos que en 1754 también solicitó tierras por estos contornos, Andrés Tirado. En 1755, Pedro de Figueroa y Pedro Martín, solicitaron y se les concedió tierras en el sitio de Almirante, en la ribera de La Vega.4
Al sargento, Pedro de Otero, en 1763, se le concedió derecho de hato y criadero en la “Yeguadilla.” Aunque para ese año dicho sitio pertenecía a Manatí, lo hemos incluido porque en el siglo XIX, una gran porción de este territorio pasó a ser parte de lo que hoy es Vega Baja.
Lo ocurrido durante los años que van desde 1731 hasta 1763, tiene varias implicaciones que es preciso señalar. En primer término, la tierra no fue adjudicada precisamente a los “desacomodados”, y sí a personas, que por los rangos militares o cargos públicos que ostentan, debieron pertenecer a la clase “acomodada”. Hasta ese momento, tanto los gobernadores como las autoridades municipales de los pueblos, habían estado planteando la necesidad de adjudicar tierra a los primeros como una manera de estimularlos a trabajar la misma, y así sacar a la agricultura de su etapa primitiva de subsistencia y trueque, hasta convertirla en una comercial. Por otro lado, se adjudicaron tierras para hatos, lo cual era una práctica reñida con los mismos propósitos de desarrollar la agricultura, donde el ganado crecía en forma montaraz, rindiendo muy poco beneficio al pro común.
Llama la atención esta práctica cuando, precisamente en los momentos en que se ejecuta, se había presentado ante el Cabildo de San Juan el problema que representaba la existencia de hatos y criaderos, debido a que al carecer de cercas, los animales, por su carácter de cimarrón, se salían de sus límites y destruían los cultivos en las estancias colindantes.5
Aun el propio gobernador Felipe Ramírez de Estenós, en unas declaraciones hechas ante el Cabildo de San Juan, en 1757, había señalado que para la reforma de tierras que se proponía iniciar era necesario demoler los hatos, porque demolidos éstos “…se reconocerán crecidas ventajas”, ya que, una vez establecidas las estancias en los terrenos que ocupaban los hatos “…serán más abundantes las carnes.., porque en las estancias, como es notorio, se crían con robustez los ganados mayores, de suerte que cada año vienen las hembras paridas y esto no se logra en los hatos donde siempre están débiles y flacas por dos o tres años”.6
Evidentemente, al haberse consumido tres cuartas partes del siglo XVIII (1775), la política contenida en la filosofía de la Ilustración, que era el pensamiento que postulaba un cambio radical en las antiguas prácticas económicas, no había logrado conciliar la teoría y la práctica en este territorio, vino a ser conocida como territorio del Cibuco y de La Vega.
La calificación de “Partido” se aplicaba por lo común a todo el territorio supeditado al gobierno municipal de un pueblo, a cuyo cargo estaba un Teniente a Guerra.7 Hay pues, que pensar que aunque fuera en forma precaria, existía ya en ese momento algún núcleo urbano; bien fuera en forma incipiente o debidamente organizado. De uno y otro modo, hay documentación disponible fechada desde noviembre de 1768, donde Miguel Ortiz de la Renta, haciendo las veces de Teniente a Guerra del “pueblo” y del “partido de La Vega,” consulta al gobernador de turno sobre una discrepancia que se suscitó entre el padre cura con los vecinos del lugar por motivo del salario que éstos le debían pagar.8
Sobre la disputa suscitada dice Ortiz de la Renta, que el cura “llamó al vecindario a la iglesia” para persuadir a los vecinos a que le pagaran el salario que solicitaba. Expresa además, Ortiz de la Renta, que hubo una reunión en la casa de dicho cura. Es evidente que había ya una iglesia construida en Las Vegas, y que ésta era atendida por un cura. No es, pues, de dudarse la existencia desde entonces (1768) de una rudimentaria aldehuela o lugarejo con carácter urbano en el partido de La Vega.
Surgen, no obstante, varias interrogantes. En primer término: ¿por qué se despide el Teniente a Guerra, Ortiz, en su comunicación al gobernador firmando desde Las Vegas y no desde La Vega? ¿No será que ya desde entonces habían comenzado a desarrollarse, no uno, sino dos centros urbanos, pero con una sola administración municipal radicada en uno de ellos? Esto pudo haber ocurrido así, ya que Fray Iñigo Abbad y Lasierra, escribiendo pocos años después, dice que para la fundación del pueblo de La Vega hubo problemas entre los vecinos por motivo del lugar a escogerse para erigir el pueblo. De hecho, algunos de los vecinos que, según Fray Iñigo, se vieron envueltos en esa disputa, eran de apellido Negrón, y, como luego veremos, fue un Negrón la persona que donó las tierras para erigir el pueblo de Vega Baja.
En segundo término, resulta inexplicable que el 9 de junio de 1775, Francisco de los Olibos, quien dicho sea de paso, había ocupado en años anteriores los cargos de Alcalde Ordinario y Regidor del Ayuntamiento de San Juan, solicitara al Gobierno Superior y consiguiera, junto a 32 vecinos, la autorización para fundar el pueblo de La Vega con el nombre de Nuestra Señora de la Concepción y San José de La Vega. La licencia para ello se le concedió el 19 de junio de 1775. ¿Qué ha ocurrido hasta entonces? ¿Existió o no el pueblo de La Vega o de Las Vegas desde 1768 a 1774? Como ya hemos visto, su existencia está plenamente documentada. Al consultar documentos producidos en fechas posteriores, hemos llegado a la convicción de que, de hecho, casi simultáneamente, y como producto de los conflictos señalados por Fray Iñigo Abbad, se fueron organizando dos centros urbanos, y de ahí, que el Teniente a Guerra se refiriera a Las Vegas en plural, y no a La Vega, en singular. Asimismo, hemos llegado a sospechar que Francisco de los Olibos, que tenía una propiedad territorial en uno de los dos centros urbanos en desarrollo, al ver que el grupo disidente bajo Negrón era el más poderoso económicamente, decidió “madrugarlos” y formalizó la fundación de La Vega. Evidentemente, al proceder así, Francisco de los Olibos, no hizo sino poner de jure lo que ya existía de facto.
Esta es, Señora, una pequeña islilla
falta de bastimentos y dineros,
andan los negros, como en esa, en cueros
y hay más gente en la cárcel de Sevilla.
aquí están los blasones de Castilla
en pocas casas, muchos cavalleros,
todos tratantes en xenxibre y cueros
los Mendoza, Guzmanes y el Padilla,
ay agua en los algibes si ha llobido,
Iglesia catedral, clérigos pocos,
hermosas damas faltas de donaire,
la ambición y la embidia aquí an nacido,
mucho calor y sombra de los cocos,
y es lo mejor de todo un poco de ayre.
Fray Damián López de Haro (1581—1648)
Las dos Vegas: la Alta y la Baja
En una reunión que celebró el Cabildo de San Juan, el 23 de agosto de 1775, se completó un cuestionario sometido por el gobierno metropolitano. El cuestionario iba dirigido a conocer cuáles eran las condiciones en la colonia, a efectos de promulgar una nueva política administrativa y de fomento. En la novena pregunta sobre qué poblaciones y en qué lugares convendría establecerlas, contestó el Ayuntamiento de San Juan que, entre las ya establecidas estaban la Vega Alta y la Baja. Contestando la misma pregunta, habla de aquellos pueblos como Tallaboa, “que se propone”, y Luquillo, “si se fomenta.” Consideramos que esto no deja lugar a dudas en cuanto a la existencia en ese momento de los pueblos de Vega Alta y Vega Baja, ya que no se incluyen como pueblos cuya fundación se está “proponiendo” o “fomentando”, y sí, que existen como tales.9
Esta situación se produjo, como ya dijimos, el 23 de agosto de 1775, cuando ya se había producido formalmente la fundación del pueblo de La Vega, con Francisco de los Olibos como su capitán poblador.
A pesar de todo lo anteriormente expresado, la realidad es que no han aparecido en los documentos del municipio de Vega Baja, o en aquellos otros archivos donde debieron estar, documentos que atestigüen que el pueblo de Vega Baja se fundó en 1776, como siempre se ha dicho. Tanto es así, que en el año 1824, contestando una petición del gobierno de la Provincia, las propias autoridades municipales dicen que no existe en su archivo el Acta de Fundación del pueblo o documento alguno que hable sobre ello. Es decir, que desde hace 149 años ya se había perdido todo documento relacionado con la fundación de Vega Baja. Llama la atención, sin embargo, que el Ayuntamiento de Vega Baja, en esa misma fecha (1824), a la pregunta de ¿cuándo se fundó ese pueblo?, contesta que hace 48 años. Si restamos 48 de 1824, el año de la fundación resulta ser, desde luego, 1776. Esa fecha (1776), es la que también ofrece Pedro Tomás de Córdova, en su obra Memorias Geográficas, Históricas, Económicas y Estadísticas de la Isla de Puerto Rico, escrita en el año 1830.
A falta del Acta de Fundación del pueblo de Vega Baja, así como de otros documentos de esos años que en forma precisa demuestren que el pueblo se fundó en el 1776, hemos optado por
aceptar como correctas unas declaraciones que hizo Manuel Negrón Benítez, que como ya dijimos fue la persona que donó las tierras para que se estableciera el pueblo que luego se convirtió en La Vega del Naranjal de Nuestra Señora del Rosario. Dada esta circunstancia, consideramos que nadie ha estado en mejor posición que él para saber lo que verdaderamente ocurrió. He aquí lo que él escribe el 22 de marzo de 1809, al gobernador Toribio Montes, y que utilizamos como documento fundamental para sostener todo lo que hasta aquí hemos planteado:
“Y para más claramente explicarme, haré mi exposición por particulares en la forma siguiente: Primero, cuando se estableció población en la Vega fue con el objeto de un solo pueblo, cual fue la Vega Alta, y por convenio del primer Teniente a Guerra que se nombró en dicha Vega, éste con el de Manatí determinaron un punto provisional sin otro requisito que señalar un árbol en el camino real. Sucedió a poco tiempo la formación de la iglesia del Naranjal y bajo el mismo lindero o punto se estableció su población conocida ahora por la Vega Baja, sin que la jurisdicción se extendiese a más que lo que estaba anteriormente por la parte de Manatí y sólo dividiéndola por la parte de la Vega Alta, que es el único deslinde que se ha hecho con las formalidades debidas por el caballero, Don Ignacio Mascaró.”10
Pero ocurre que cuando ya uno cree haber resuelto el problema, otros documentos lo replantean. Es el caso que desde 1775 y 1776, años que históricamente se aceptan como de la fundación de Vega Alta y Vega Baja, los documentos que se remiten al gobierno central se envían desde La Vega y no desde La Vega Alta o Baja. Sin embargo, el Teniente a Guerra que desde esa época administraba La Vega, no es otro que Manuel Negrón Benítez, que como ya dijimos fue la persona que donó las tierras para la erección del pueblo de Vega Baja.
Conjeturamos que, a pesar del “madrugón” de Francisco de los Olibos, por haberse desarrollo poblacional establecido en lo que hoy es Vega Baja, la administración de La Vega fue establecida ahí. De hecho, los pocos documentos existentes entre 1775-76 y 1792, hablan exclusivamente de La Vega, sin hacer otra distinción. Inclusive, las estadísticas que produce el gobierno de la Isla para enviar a España, hablan de la población o riqueza de La Vega. Es en 1794 cuando en forma categórica los datos de La Vega Baja y La Vega Alta, se comienzan a emitir por separado y con distinción de uno u otro pueblo. Dando por descontado que la antigua Vega se convirtió en La Vega Alta, tal y como lo atestigua Manuel Negrón, en su informe. ¿Cuándo realmente se fundó Vega Baja?
No tenemos duda alguna, porque la documentación disponible y consultada así lo indican, que Vega Baja existió como núcleo urbano desde la séptima década del siglo XVIII (1760-68), conjuntamente con Vega Alta, pero ambos bajo la denominación del pueblo de La Vega. Asimismo, sabemos que la erección de La Vega se formalizó en 1775. a petición de Francisco de los Olibos y 32 vecinos, y ello implicó que el poblado de la hoy Vega Alta, fue la sede original de su administración municipal, pasando ésta luego a lo que hoy es Vega Baja. Así siguió existiendo el pueblo de La Vega hasta que en 1794, ambos núcleos poblacionales se separan administrativamente, sin que parezca que alguna vez fueron fundadas Vega Alta y Vega Baja como tales.
La realidad es que el gobierno superior de la colonia, desde el momento que aceptó y otorgó el reconocimiento de la existencia del pueblo de La Vega en 1775, sabía que se trataba de dos núcleos poblacionales y urbanos apartados, según ellos, por una legua de distancia. Solamente el tiempo, y como veremos más adelante, el factor religioso, sirvieron para la separación formal de uno y otro pueblo, en el 1794. En ese momento, la realidad cotidiana substituyó las Actas que hubieran legalizado la fundación de la Vega Alta y la Vega Baja. Sin embargo, éstas nunca existieron porque esas dos fundaciones nunca se formalizaron.
Así las cosas, para saber cuál era la situación por este territorio hasta 1794, es preciso acudir a las estadísticas de La Vega hasta ese año, ya que hemos visto que, aunque existían de “hecho” los pueblos de Vega Baja y Vega Alta, aún no existían ‘legalmente” por entonces.
Hemos visto que desde el 1767 ya existía una iglesia en el pueblo y partido de La Vega. Sabemos, además, cómo el cura que la atendía tuvo problemas con los vecinos respecto al sueldo que él pretendía y el que el vecindario estaba dispuesto a pagarle. Esas y otras dificultades ocurrieron entre los vecinos de ese sector desde los primeros momentos que se trató de establecer un pueblo, según nos dice Fray Iñigo Abbad. Este monje de la historia nos relata que en dicho lugar “…se erigió en 1773, una ayuda de parroquia…” Como La Vega la constituían dos núcleos urbanos y no uno, dos iglesias constituían una “ayuda de parroquia.” Ambas estaban atendidas por “Teniente de Cura,” que a decir de las altas autoridades eclesiásticas, frecuentemente no eran tan celosos en su ministerio, ya que eran “un ministro mercenario,” que con gran facilidad se mudaba de una parroquia a otra buscando la mayor “utilidad y comodidad que se le ofrecía,” sin tomar mucho en consideración el bien espiritual de sus parroquianos.
Esa era la situación cuando el obispo de Puerto Rico, Ilustrísimo Señor Don Francisco de la Cuerda y García visitó La Vega a finales de 1793, mientras realizaba su visita pastoral a los pueblos de la Isla. Las iglesias de Espinosa (Vega Alta) y el Naranjal (Vega Baja), pertenecían como “ayuda de parroquia” al cuarto de Manatí. En su visita a las dos iglesias, el obispo de la Cuerda recibió varias instancias de los vecinos, solicitándole que erigiera en parroquias independientes de la de Manatí, las de Espinosa y el Naranjal. Convencido de las ventajas que esto conllevaría para las almas del vecindario, y habiendo observado que ambas iglesias (distinguidas con el nombre de Espinosa la primera, y del Naranjal la segunda), “…están provistas de alhajas, vasos y vestuarios precisos para la administración de sacramentos y demás funciones parroquiales…”, el primero de febrero de 1794, el obispo de la Cuerda decretó que: “… ha venido en erigir, como erige en parroquia independiente…”, las iglesias de Espinosa y Naranjal, “…eximiéndolas, como las exime , y a los curas que en ellas se nombrasen, de toda sugestión y dependencia de las iglesias y párrocos a que hasta aquí estaban anexas; señalándose por ahora a cada una de las parroquias nuevamente elegidas, la extensión de terreno que hasta aquí ha estado al cuidado de los respectivos tenientes…’’12
Por el mismo decreto fueron también erigidas como parroquias independientes las de Humacao, Yabucoa, Cayey y Peñuelas.
Tres años después (1797) de haberse declarado parroquia independiente el Naranjal, se organizó políticamente el territorio municipal de la Vega Baxa del Naranjal de Nuestra Señora del Rosario. Es a partir de ese año (1797) que en las estadísticas aparecen separados los pueblos de Vega Baja y Vega Alta, desapareciendo de la documentación el nombre de La Vega. Ciertamente, la fundación de pueblos para esa época estaba íntimamente ligada a la erección de parroquias.
Notas
1. Actas del Cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico. 1730- 1750. Fol. 7.
2. Ibid. Fol. 22vo.
3. Actas del cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico. 1751- 1760. Fol. 55.
4. Ibid. Fol. 9lvo.
5. Ibid. Fol. 129.
6. lbid. Fol. l29vo.
7. Morales Muñoz, Generoso, Fundación del Pueblo de Lares, Talleres Gráficos de la Imprenta Venezuela, San Juan; p. 258.
8. Archivo General de Puerto Rico. Fondo Documental: Gobernadores Españoles, Serie: Municipios, Caja: 598.
9. Actas del Cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico. 1774 – 1777. En anexo a sesión de 23 de agosto de 1775 sin foliar.
10. Archivo General, op cit. Caja: 598.
11. Fray Iñigo Abbad y Lasierra, Historia Geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. Estudio preliminar por Isabel Gutiérrez del Arroyo, Rió Piedras, Universidad de Puerto Rico, 1966, p. 125.
12. Archivo General de Puerto Rico, op cit., Serie: Asuntos Políticos y Civiles, Subserie: Visitas, Caja: 191.
Bibliografía
Fuentes primarias documentales:
a. Constituciones Sinodales hechas por el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Don Fray Damián López de Haro, Obispo de la ciudad de San Juan de Puerto Rico…, 1644.
b. Fondo Documental: De los Gobernadores Españoles; Serie: Municipios (Vega Alta Vega Baja).
Fuentes primarias publicadas:
a. Actas del cabildo de San Juan; 16 tomos; San Juan.
b. Monseñor Vicente Murga, Historia Documental de Puerto Rico, Vol. II; España; 1973.
Fuentes secundarias:
a. Ángel López Canto; Historia de Puerto Rico: 1650-1700, Sevilla; 1975.
b. Federico Ribes Tobar; A Chronological History of P. R.; New York, 1973.
c. Fray Iñigo Abbad y La Sierra; Historia Geográfica, Civil y Natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico; 1966, SanJuan.
d. Generoso Morales Muñoz; Fundación del Pueblo de Lares, San Juan.
e. Informe Estadístico del Uso de la Tierra en el Municipio de Vega Baja para el Estado Libre Asociado, Departamento de Agricultura y Comercio, División de Economía Agrícola, Sección Planificación del uso de la Tierra, 1955. San Juan, Puerto Rico.
f. Pedro Tomás de Córdova; Memoria Geográfica, Histórica, Económica y Estadística de la Isla de Puerto Rico; 6 tomos; ed. 1968, San Juan.
g. Plan de Manejo de Área de Planificación Especial, Laguna Tortuguero. Septiembre 1979, Estado Libre Asociado, Departamento de Recursos Naturales, Junta de Planificación, San Juan. Puerto Rico.
h. Rafael Picó; Nueva Geografía de Puerto Rico ed. 1975; Instituto de Cultura Puertorriquena.
Fuentes documentales y otros artículos
Documento
[Informe de don Manuel Negrón al Capitán General de Puerto Rico. 1809]
Nota: El distinguido historiador vegabajeño, don Luis de la Rosa, identificó este revelador escrito sobre la historia inicial de Vega Baja, que Don Manuel Negrón le remitiera al “Señor Gobernador Capitán General é Intendente”, el 22 de marzo de 1809. Sólo hemos variado la tipografía, por tratarse de un documento generado en 1809, por el fundador del pueblo cuando, según él, se hallaba en funciones “de este Partido de mi mando”.
Señor Gobernador Capitán General é Intendente.
Mui señor mio, para dar la razón que debo de la extensión de este Partido de mi mando, con arreglo á lo prevenido por Vuestra Señoría en circular que existe en mi poder (cuyo cumplimiento he puesto en práctica hasta el presente á causa de algunos achaques que han imposibilitado mi persona; y la continuación del mismo en meses pasados) y teniendo á bien dar principio á esta diligencia por hayarme en aptitud para ello. Se me ofrecen varios obstáculos que me obscurecen é imperfeccionan quanto intento sin poder dar un paso a mi deceado cumplimiento. Y para mas claramente explicarme haré mi exposición por particulares en la forma siguiente.
Primero: Quando se estableció población en la Vega fue con el objeto de un solo pueblo, qual fué la Vega Alta, y por convenio del primer Teniente a Guerra que se nombró en dicha Vega, este con el de Manatí determinaron un punto provisional sin otro requisito de señalar un árbol de en el camino real. Sucedió a poco tiempo la formación de la iglesia del Naranjal y bajo el mismo lindero ó punto se estableció su población conocida aora por la Vega Baja, sin que la jurisdicción se estendiese a mas que lo que estaba anteriormente por la parte de Manatí, y solo dividiéndola por la parte de la Vega Alta que es el único deslinde que se ha hecho con las formalidades devidas por el Caballero Don Ignacio Mascaró.
Segundo: Que haviendo principiado a hacer mi mensura y hecho los carculos [sic] correspondientes, me encuentro que por la parte del norte de esta iglesia y población me queda el hato de la Yeguada sin conocimiento de lo que en esta parte me pertenece por falta de deslinde, y por el sur en igual línea ó por mejor sigue paralelo, me quedan los hatos y criaderos, de Franqui, Barahona, Morovis, San Lorenzo, los Barros, y el Pasto, que indisputablemente por su situación deben pertenecer a este Partido, como han pertenecido las Perchas que están en la misma línea.
Tercero: Que medido de la iglesia del Naranjal al punto de Manati, solo resultan treinta cuerdas; y de dicha iglesia a la jurisdición de Vega Alta, sesenta. Esta es la extención que se debe entender de este Partido de ancho Leste, reste, [sic] porque lo largo si se mide Norte, Sur, será poco mas á causa de que todos los hatos y criaderos relacionados los tiene Manatí por suyos.
Este extracto dará conocimiento a Vuestra Señoría para comprehender que no puedo hacer mensura arreglada, y que este Partido es un retazo que jamas puede ser de mayor utilidad ni nombre, y por consiguiente sus moradores vivirán o presos o afligidos aunque no tuviesen otra pensión que el salario del Padre Cura respecto a que Manatí le retiene la mayor parte de su jurisdicción quando aunque se le desmembre no le hace ninguna falta a su opulencia; y cuando aun quasi no están poblados estos hatos y criaderos relacionados sino de mui pocos vecinos.
En este supuesto espero que Vuestra Señoría conmovido de este informe provea el mas pronto remedio a beneficio de este Partido, autorizándonos a mi y al Teniente a Guerra de Manatí para que convenidos los dos, hagamos un proporcionado deslinde apartándolo a mas distancia de esta yglesia respecto a la proporción que hai para ello, y que principie por punto dividente la Laguna Grande que confina con el mar hacia el norte y seguiendo al sur al Alto de Patrón siguiendo línea recta a pasar por entre Barahona y Mata de Demajagua en derechura hasta la jurisdicción de Coamo con quien confronta este Partido. Y cuando este convenio tenga algún tropieso por no convenir alguna delas partes se servirá Vuestra Señoría comicionar en forma a Don Joseph Maisonet como imparcial y que actual se haya con comición para la demolición de los hatos y criaderos relacionados que deben pertenecer a este Partido: con cuyo efecto podré dar con asierto la relación de la estención de este Partido y por consiguiente quedará mejorada de su miseria.
Nuestro Señor guarde la importante vida de Vuestra Señoría muchos años.
Vega baja, 22 de marzo de 1809.
Me despido de Vuestra Señoría su súbdito y servidor,
Manuel Negrón
[rúbrica]
__
Fuente: Archivo General de Puerto Rico. Fondo: Gobernadores Españoles. Serie: Municipalidades. Caja 611.
Don Manuel Negrón Benítes: “Patriarca Vegabajeño”
Con el propósito de “ir haciendo justicia a los hombres que se echaron sobre sus hombros la tarea de erigir un pueblo, Vega Baja”, como afirma nuestro historiador, Don Luis de la Rosa, presentamos este perfil histórico- biográfico de quien fuera el fundador y Teniente a Guerra del pueblo de Vega Baja. En síntesis, veamos qué nos dice De la Rosa:
“Para el establecimiento de Vega Baja fue necesario una donación de terrenos, hecha por Don Manuel Negrón, vecino de este lugar. Doscientas (200) cuerdas entregó Don Manuel de su gran propiedad en el llamado Hato de Pugnado”para la erección del pueblo y sus ejidos. Desconocemos la fecha y las circunstancias en que llega al territorio de La Vega Don Manuel Negrón. Su apellido, sin embargo, aparece por primera vez en un documento público en el año de 1743, cuando a Domingo Negrón se le otorgan terrenos localizados en el Hato de Algarrobo. Pasados algunos años este hato pasó a ser conocido como un sector del Hato de Pugnado que era casi en su totalidad propiedad de Don Manuel Negrón. Desconocemos si Don Manuel heredó, compró o le fue adjudicado el vasto territorio que llegó a poseer. De uno u otro modo, la vastedad de esa gran propiedad de los Negrón indica una gran capacidad adquisitiva, económicamente hablando, o una gran influencia en el Gobierno Superior para lograr la adjudicación de tal cantidad de tierras.
Fundado el nuevo pueblo, el propio Don Manuel Negrón fue nombrado Teniente a Guerra (Administrador) del mismo, como premio a su generosidad y sus cualidades de liderato. Una vez que Negrón fue nombrado Teniente a Guerra (hoy Alcalde) dedicó todo su tiempo a la administración del nuevo centro poblacional urbano, abandonando casi totalmente sus intereses particulares. La rigurosidad administrativa de Don Manuel Negrón lo puso frecuentemente en conflicto con algunos de sus convecinos. No obstante lo anterior, Don Manuel siempre contó con el respaldo del Gobernador y Capitán General de turno, que convalidaba las decisiones que a nivel local tomaba el Teniente a Guerra de Vega Baja.
Desde 1776 hasta 1812 (fecha en que se eligió el primer Alcalde Constitucional) el señor Negrón ocupó la mayor parte del tiempo dicho cargo por nombramiento directo de los gobernadores de Puerto Rico.
Al momento de su muerte, Don Manuel Negrón había perdido gran parte de sus propiedades y muchos años más tarde su viuda y demás herederos luchaban judicialmente por retener algo de lo que había pertenecido en vida a su difunto esposo y uno de los sillares de este pueblo. No hay que hacer mucho esfuerzo para comprender por qué Don Manuel Negrón es el Primer Patriarca Vegabajeño. Su propiedad, tiempo y esfuerzo los puso al servicio y disposición de los habitantes de este pueblo.”
