
Ayer el sol calentaba el adelanto de un verano caluroso. Un oleaje imponente azotaba la orilla. La ola iba creciendo hasta su máximo potencial y rompía con la violencia organizada que solo la naturaleza puede orquestar.
El intervalo de 15 segundos permitía soñarme corriendo algunas de las bestias saladas que parecían manejables. Tú pensabas estrategias y yo complejidades. Me asaltó el recuerdo de cuando llevamos al Colorao a tocar por cada negocio del área que contará con una guitarra. Pocos sabían ya quien él era, pero ese día lo hiciste ser una vez más un músico apasionado.
Volví a estar en el carro de camino a Aibonito por la 155. Me era tan ilógico comenzar el camino hacia el Oeste cuando debíamos ir hacia el Este. Cao, tú y yo apenas nos hablamos pero la pasamos tan bien uno con el otro, en silencio. Hay silencios que dicen tanto, pero solemos tardar en escucharlos.
Supiste ser el hijo de Cao y el papá de Geño para no usurpar protagonismos. Aprendiste a usar el WhatsApp para mantenernos en comunicación continua. Nos dio algo de trabajo, pero que bien funcionó. Ahora buscaré tus mensajes de otra forma, me toca a mi aprender en esta vuelta, como fue en un principio.
Pero tranquilo, papi, que cuando pregunten como estoy les diré a todos que «en casa hay agua».
