Tormenta

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez (thomasjimmyrosario@yahoo.com)

Publicado por Diario Vegabajeño de Puerto Rico el 9 de agosto de 2021

Tormenta es una palabra muy conocida por los puertorriqueños, aunque nosotros no acostumbramos a darle igual utilidad como los habitantes de otras naciones y países que a cualquier disturbio atmosférico de truenos, rayos, lluvia y vientos le llaman así. Para nosotros, una tormenta es un poco menos dramática que un huracán pero no es un mero rato de mal tiempo.

La falta de luz puede hacer que una persona que está en una máquina de salud fallezca o alguien que ingiera agua en una inundación, como pasó en Sabana y en Los Naranjos, puede terminar con una sepsis generalizada por la contaminación. En la comunidad de Sabana el cuerpo del muerto no pudo ser trasladado los primeros días, debido a que la inundación del área no dejaba pasar los vehículos. La dama de Los Naranjos fue rescatada y no murió de inmediato, pero su deceso es consecuencia de lo acontecido.

Cuando niño, nos atacó Santa Clara, nombre que se le ponía a los huracanes tradicionalmente dependiendo el día en que ocurriera. Luego vinieron los nombres en inglés para un mismo fenómeno que atacara en varias fechas, buscando uniformidad en la información, desarrollo e historia del meteoro. «Betsy», como se conoció oficialmente a dicha tormenta, fue a decir de mis familiares «unos vientitos y una poca lluvia». Pero hubo pérdida de muchas frágiles viviendas, heridos y muertos. Uno de ellos, mi tio abuelo, el deportista y maestro Victor Rosario Cordero.

Las tormentas no son cosa de juego. De hecho, cualquier evento donde la naturaleza produce una acción de cambio o regeneración, puede ser peligrosa para los seres humanos. A veces ni siquiera tiene que ver con los efectos directos, sino accidentes o circunstancias ajenas al azote del mismo.

Una tormenta no puede combatirse. Es un «act of God», según la terminología legal en habla inglesa. En español se conoce con «caso fortuito». Tampoco puede demandar a nadie por los daños, lo que obliga a todos a prevenir, protegerse y asumir de inmediato los daños que ocurran. En toda circunstancia, tambien estamos obligados a vigilar el área cercana a nuestras casas y no salir mientras este ocurre y estar seguro que todo ha terminado y que no hay peligro afuera de la casa o refugio.

La experiencia de haber pasado tantas tormentas en la presente existencia nos obliga a ser cuidadosos haciendo los preparativos, asegurando los bienes, documentos importantes y las provisiones, equipos y máquinas necesarias para supervivencia o resolver mientras situaciones mayores puedan ser atendidas por personas especializadas en emergencia y rescate.

Lo peor que puede pasar es que durante su paso alguien necesite ayuda médica por una condición especial o que ocurra una accidente que necesite ayuda inmediata. Por protección del personal de emergencias, es difícil desplazar este servicio en el momento de la necesidad o posiblemente en un tiempo razonable después que éste ocurra.

Después de asegurar el entorno, convirtámonos en voluntario de la comunidad para ayudar a vecinos y otras personas que necesiten ayuda. Tal vez quienes necesitemos asistencia seamos nosotros.

Cuando niños, nos emocionaba que anunciaran tormenta. No habría clases y podríamos tomar chocolate caliente con galletas Sultana, dormir un poco más y jugar Parcheesi, Chinese Checker y Damas. De adultos, nuestra mentalidad cambió por la experiencia. La diferencia entre ser diligente o negligente es como ser niño indiferente y ausente o un adulto haciendo lo que debe hacer ante una emergencia atmosférica.

Deja un comentario