
Desarrollo Económico: agricultura comercial y agricultura de subsistencia
Contrabando en el Sebuco entre los siglos XVIII y XIX.
En las postrimerías del Siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces o de la Ilustración, los cimientos de la sociedad europea estaban siendo tambaleados por el torrente de nuevas ideas liberales propias del pensamiento Reformista Ilustrado. Con un reenfoque en las responsabilidades de la Monarquía Española para con sus súbditos, en lo que nos concierne de ultramar, esta requería de información sobre la situación general de sus posesiones americanas. A tales propósitos la solicitud de información sobre Puerto Rico, recayó sobre los hombros del Mariscal de Campo Don Alejandro O’Reilley, irlandés que se encontraba domiciliado en la Isla de Cuba.
En el año de 1765, el comisionado llega a Puerto Rico con el propósito de obtener información sobre el sistema de defensa. Sin embargo, amplió su informe a diversos aspectos de la sociedad y de la economía de la Isla.[1] Aunque la situación que describe prevalecería en mayor o en menor grado hasta principios del Siglo XIX, este enlista varias recomendaciones en aspectos relacionados con la agricultura, el comercio y el sistema de rentas internas que serían atendidos paulatinamente.
Tal vez, uno de los aspectos que más atención le presta este y subsiguientes autores dieciochescos, fue a las actividades económicas de subsistencia[2] y a la falta de actividades de libre comercio. La economía de subsistencia es considerada por los autores en su relación simbiótica con el contrabando.[3]
El naturalista francés Andrée Pierre Ledrú[4] observa muy atinadamente durante su visita a la Isla en 1797, que las actividades de contrabando solo las llevaban a cabo las poblaciones costeras de la Isla[5] y que las poblaciones del interior sobrevivían de los productos que ellos mismos producían. Sin embargo, puedo sugerir la posibilidad de que como parte de dicha actividad comercial ilícita, el movimiento de mercancías obtenidas mediante contrabando en la costa tuviese una ruta de comercio hacia el interior montañoso. (Contrabandistas-habitantes de la costa-habitantes del interior montañoso) Aunque el contrabando era proscrito, O’Reilley era de la opinión que el mismo había sido beneficioso para la Isla ante la realidad fiscal y administrativa de la misma.
Y era que desde el Siglo XVI Puerto Rico había sido convertido en un presidio militar bajo el mando de una autoridad que ejercía tanto las prerrogativas de gobernador como de Alcaide de la guarnición del castillo de San Felipe del Morro bajo el nombre de Capitán General y durante los restantes años de dominio español en Puerto Rico, particularmente entre los Siglos XVI al XVIII, los recursos que se obtenían estaban destinados a sufragar los gastos de la administración militar. De hecho, durante dicho periodo el enclave militar estuvo subvencionado por una asignación económica anual proveniente de México conocido como el Situado.[6] Dicha dependencia casi exclusiva en el suministro de recursos económicos desde el exterior cesaría en el 1810 como resultado de las luchas revolucionarias que iniciaron el proceso de independencia de las colonias americanas del Imperio Español.
La escasez de recursos para atender las necesidades del país de extramuros fue creando una dicotomía entre San Juan y la Isla, que prevalecería por muchos años. La Isla presentaba una ausencia significativa de la infraestructura de caminos, puentes y puertos que distanciaban aún más a los habitantes del centro de poder capitalino.[7] Esto trajo como consecuencia una reorientación de las actividades de comercio de los lugareños costeros a los cuales les resultaba más beneficioso las actividades comerciales ilegales con extranjeros que atracaban en las costas que con los Capitalinos. Aunque para la segunda mitad del Siglo XVIII se experimenta un aumento en la población y en la fundación de nuevas poblaciones, la misma era predominantemente rural disgregada y las nuevas poblaciones solo contaban con una población fija integrada por religiosos. Pero tal parece que tanto la población rural como la urbana se beneficiaban de las actividades de contrabando ya que compartían el mismo aislamiento.
Resulta obvio que aunque todos los habitantes de la Isla, los del litoral y los del interior montañoso se beneficiaban del contrabando, el acceso a las mercancías era desigual; los habitantes del interior montañoso eran los menos beneficiados. Esto sugiere que era la clase propietaria estanciera y hacendada, la cual mantenía el control político y económico, la que se beneficiaba de forma directa del contrabando.[8] Por eso es que los contrabandistas atracaban libremente en las playas de la Isla sin mayores problemas con las autoridades.
Me parece que las descripciones que nos presentan Don Alejandro O’Reilley, Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra[9] y Andrée Pierre Ledrú[10] de las condiciones de vida de la población parecen referirse al sector de la población que habitaba más distante de la costa, física y económicamente y conformaría el embrión del campesinado puertorriqueño característico del Siglo XIX. Aunque ellos son muy precisos al describir las diferencias en las condiciones de vida de las diversas clases sociales.
De hecho, para dicho periodo Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra estimaba que los “agregados” y los “sin tierra”, es decir, el sector no propietario (15,000) representaba el 21.34 % de la población total de la Isla (70,260).[11] Tal parece que el sector de los “agregados” representa una población flotante relacionada con al sector propietario (pequeño, mediano o grande) ya sea estanciero o hacendado. Mientras que el sector de los “sin tierra” representan un sector de la población montarás o campesina. Dicho sector parece haberse nutrido del significativo número de esclavos que estaban siendo coartados. Indistintamente de esto, la población era predominantemente mulata. Es de esperarse, entonces que los “agregados” se beneficiaran más del comercio de contrabando que los “sin tierra”.
El Contrabando de Sal y Otras Mercancías en el Sebuco a Finales del Siglo XVII.
A finales del Siglo XVII se registran de forma imprecisa actividades de contrabando entre los vecinos de la Ribera del Sebuco y contrabandistas de banderas extranjeras. La población, aunque reducida y dispersa en la región desde el Siglo XVI, vivía además en las comarcas de Cerritos y Cabo Carigua en el lado occidental del valle del Río Cibuco. La región presentaba extensas marismas que desde los primeros años de la colonización habían sido aprovechadas como hatos para la crianza de cerdos.
Durante la segunda mitad del Siglo XVII, hubo dos intervenciones con embarcaciones de contrabando en el Sebuco donde las autoridades encontraron “mercadurías” como parte de las cargas. Pese al hecho denunciado no se especificó qué tipo de embarcaciones eran ni el lugar de procedencia de las mismas. [12] Para dicho periodo se informa de que una embarcación de bandera portuguesa había desembarcado en el Sebuco y que se había encontrado sal como parte de la carga.[13]
En un intento por atajar el comercio ilícito en la región, el Gobernador y Capitán General Don Gaspar de Arredondo (1690-1695)[14] designa como Teniente y capitán a guerra de “la rivera de Toa, boca de Sibuco y puerto de Cerro Gordo” a Don Fernando Manuel de la Escalera y Rubla.[15] De hecho, éste informa que ocupó dicha plaza durante «…tres años y tres días…sin sueldo por rezelos que tenian de una esquadra de enemigos queavia pasado a aquellos mares y piratas que ynfestaban aquellas costas…»[16]
La intervención de las autoridades con los vecinos enfrascados en tratos ilícitos con los contrabandistas culminó con la condena a muerte en la horca de los campesinos y la confiscación de sus bienes. Sin embargo, ninguna de las condenas pudo ser impuesta debido a que éstos se habían fugado y eran gente desposeída. [17]
El Contrabando en la Boca del Río Cibuco y el Puerto de Tortuguero.
Una de las prerrogativas de los Tenientes á Guerra era destacar milicianos no solamente en la cárcel pública sino en la costa para prevenir las fugas de esclavos y las actividades de contrabando. El día 20 de abril de 1782, Manuel Negrón Maldonado, Teniente á Guerra de la Villa del Naranjal le informa al Gobernador y Capitán General José Dufresne de actividades de contrabando de yaguas en la Boca del Río Cibuco.[18] Cinco días antes le informaba la primera autoridad militar de la Villa del Naranjal al Gobernador y Capitán General que no había podido cumplir con la remesa de 100 caballos de yaguas que le había solicitado y que en su defecto le enviaba 40 con el compromiso de enviarles las restantes 60 cargas durante los días inmediatos.
En un esfuerzo por cumplir con lo convenido le embarga 12 caballos de yaguas al moreno Domingo Antonio. Este ya había recibido dinero de parte de un indio de la “Ciudad” de nombre Matías por 20 caballos de yaguas. El mismo llegó a su encuentro en una piragua a la Boca del Sebuco. Alegó el moreno Domingo Antonio que ante la situación que encaraba por la confiscación de su carga y los pormenores de su negocio con el indio Matías, quien tampoco tenía licencia para encontrarse en el lugar, decide ir a la casa del Teniente á Guerra a discutir el asunto con él. Sin embargo, no lo encontró y al regresar a la Boca del Sebuco ya el indio Matías se había ido llevándose la carga de yaguas.[19]
Por las implicaciones que tenían los incidentes, el Teniente á Guerra decide enviar al moreno Domingo Antonio ante el Gobernador y Capitán General para que le identificara al indio Matías y procedieran a su arresto y formulación de cargos correspondientes. El suceso descrito no permitió que Manuel Negrón Maldonado pudiera cumplir con el compromiso que había contraído de completar la carga de 60 caballos de yaguas. El incidente evidencia cómo los contrabandistas aprovechaban el desolado litoral marino para sus tratos comerciales ilícitos.
De hecho, en el Puerto de Tortuguero, localizado inmediatamente al oriente de la Boca del Sebuco, el día 17 de junio de 1791, el Bergantín de Corso Nuestra Señora del Rosario junto a la lancha Begoña interceptó la balandra El Panderito de bandera extranjera. Sin embargo, durante su intervención no encontraron ni gente ni carga a bordo. La misma fue decomisada por 285 pesos.[20] Al día siguiente, el mismo Bergantín y lancha interceptan otra balandra en el Puerto de Tortuguero con una carga de 245 arrobas de tabaco boliche. Tanto la carga como la balandra fueron decomisadas por 226 pesos 1 real y 155 pesos 30 maravedís, respectivamente.[21]
[1] La información se publicó en 1765 bajo el título de “Relación circunstanciada del actual estado de la población, frutos y proporciones para fomento que tiene la isla de San Juan de Puerto Rico, con algunas ocurrencias sobre los medios conducentes a ello, formada para noticia de S.M. y de sus Ministros, por el Mariscal de Campo Alexandro O’Reylly, y de resulta de la visita general que acaba de hacer en la expresada Isla, para evacuar las comisiones que se ha dignado fiar a su celo la piedad del Rey”.
[2]La economía de subsistencia podría basarse tanto en la agricultura como en la ganadería donde la familia funciona como unidad productiva dirigida a la satisfacción de las necesidades básicas de alimentación y vestuario donde el excedente, de obtenerse, sirve de medio de intercambio recíproco con otras familias. Es decir, que de obtenerse algún excedente en la producción se activa un sistema de intercambio recíproco o comercial cuyo radio de alcance no queda definido.
[3] El contrabando representó un problema para la política mercantilista española desde el Siglo XVI. Ya que las actividades comerciales proscritas evadían los controles impuestos por las rentas y afectaban el exclusivismo comercial impuesto con los puertos españoles.
[4] Se ha sugerido que el naturalista francés Andrée Pierre Ledrú, junto a los demás naturalistas que le acompañaron eran espías encubiertos del gobierno republicano francés.
[5] Las playas del oeste y del sur de la isla eran las frecuentadas por los contrabandistas. Sin embargo, se registraron actividades de contrabando en los puertos de Fajardo, Isabela y Arecibo en la costa norte.
[6] Darío de Ormaechea recomendaba en la quinta década del Siglo XIX que se aumentara el presupuesto para crear una marina de guerra y que se redujera el presupuesto militar.
[7] No sería hasta la segunda mitad del Siglo XIX que se implementaría un extenso plan de construcción de caminos y puentes y se abrirían diversos puertos.
[8] Como resultado de la desmantelación de los hatos entre los Siglos XVIII y XIX, los primeros en beneficiarse de la reforma de tierras fueron los mismos hateros. Los cuales pasaron a ser los nuevos propietarios de las estancias y haciendas que proliferaron durante dicho periodo.
[9]Abbad y Lasierra, Fray Agustín Iñigo. Historia Geográfica, Civil y Natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico; (Reimpresión, 1979); Río Piedras; Editorial Universitaria; 1979; 320 pp.
[10] Ledrú, Andree Pierre. Relación del Viage a la Isla de Puerto Rico, en el año 1797. En Fernández Méndez, Eugenio. Crónicas de Puerto Rico: Desde la conquista hasta nuestros días (1493 – 1955) (Reimpresión, 1981); Río Piedras; Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico; 1981; páginas 329 – 344.
[11] Contemporáneamente el Mariscal de Campo don Alejandro O’Reilley informa que la Isla estaba habitada por 39,846 personas libres y 5,037 personas esclavas. Es decir que los esclavos representaban el 11.22 % del total de 44,883 habitantes.
[12] López Cantos, Angel. Historia de Puerto Rico: 1650-1700. Sevilla. Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 1975. Apéndice II. Tablas de Contrabando.
[13] Idem. Página 282.
[14] De 1698 a 1699, es nombrado Gobernador y Capitán General Don Antonio de Robles y Silva.
[15] Burset Flores, Dr. Luis. Ob. Cit.
[16]Idem.
[17] López Cantos, Angel. Ob. Cit. Página 274. Carta de Antonio de Robles y Silva al rey. Puerto Rico, 27 de marzo de 1699. A.G.I. Santo Domingo, 163. El gobernador Antonio de Robles y Silva ocupó interinamente el cargo entre los años de 1698 al 1699.
[18] Carta de Manuel Negrón al Gobernador y Capitán General. 20 de abril de 1782. Fotocopia en el archivo del autor.
[19] Idem.
[20] Real Cédula del 22 de diciembre de 1803. En Coll y Toste, Cayetano. Op. Cit. Tomo 12 Página 87.
[21] Idem.
