Reseña del libro: “Entre talleres y ebanistas…” de José Luis Colón González, por Dr. Alexis O. Tirado Rivera

Publicado por Sapiencia, una revista para la academia
RESEÑA DEL LIBRO “Entre talleres y ebanistas…”, una revisión historiográfica necesaria de la industria del mueble puertorriqueño, Alexis O. Tirado Rivera, PhD, Profesor de Historia UIPR, Recinto de Guayama

RESUMEN
En esta reseña del libro Entre talleres y ebanistas: los principales artífices del mueble puertorriqueño, discutimos desde la perspectiva historiográfica, la evolución de una importante industria en el Puerto Rico de finales del siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, como lo es la fabricación del mueble puertorriqueño. Abordamos en este resumen historiográfico, aspectos relevantes de esa obra que, sin duda, se convertirá en un referente para el análisis histórico de una industria, que fue capaz de producir riquezas para los dueños de empresas elaboradoras de muebles y generar empleos en esa rama. Además, se aborda, el análisis e importancia de la fabricación del mueble y sus estilos característicos clásicos y criollos, que hizo que muchos puertorriqueños engalanaran sus viviendas con esos muebles fabricados por estos empresarios.


En la historiografía puertorriqueña, uno de los temas que debe centrarse en más estudios es
el de la industria nativa. En el fascinante libro Entre talleres y ebanistas: Historia de los principales artífices del mueble puertorriqueño, 1850- 1960, del autor, académico e historiador, Dr. José Luis Colón González, y publicado bajo la editorial de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, 2023, nos invita a adentrarnos a un mundo maravilloso, como lo es el de la industria del mueble puertorriqueño, y de aquellos que fueron sus forjadores hace más de siglo y medio.


Los héroes de aquella iniciativa nativa fueron los ebanistas, quienes, por días, semanas y
meses, con una gran maestría y disciplina desarrollaron una industria que se convirtió en una de grandes posibilidades económicas en Puerto Rico, y que tuvo un gran impacto social y económico.


Sus creaciones artesanales fueron adornando las casas de familias pudientes y de quienes no
gozaban de recursos económicos, que adquirían piezas valiosas, dando aspectos acogedores a
sus espacios de descanso y esparcimientos en sus hogares. Muebles, sillas, mesas, chineros, camas literas, mesas de noches, entre otros, fueron los preferidos del público puertorriqueño durante mucho tiempo.


El libro nos lleva a explorar a los maestros que dieron forma a una industria artesanal nativa
utilizando como su recurso principal y materia prima, las excelentes maderas del país. Este grupo selecto de ebanistas estudiados a través de la obra, fueron en gran medida los responsables en el diseño, elaboración y el éxito del mueble puertorriqueño y que brindó grandes oportunidades económicas y de movilidad social a un sector de la población identificados con esta industria, que nació después de 1850. Muchos de los talleres que se destacan en el libro, dictaron la pauta en cuanto al diseño y construcción de las piezas de los muebles, dando forma a estilos únicos que cumplían con los requerimientos exigentes de las familias puertorriqueñas. Sin embargo, tenemos que dar un viaje a la historia y, necesariamente referirnos a los cronistas de los siglos XVI, XVII y XVIII, que nos permiten entrar en perspectiva sobre el uso de las “excelentes maderas” procedentes de nuestros bosques y campos.


En 1582, en la Memoria y Descripción de Puerto Rico, conocida como “Memoria Melgarejo”,
los autores apuntaban hacia el árbol de Capá, Úcar y Guayacán, entre otros, como las materias
primas preferidas para la construcción de casas e ingenios y sus instrumentos para el procesamiento de la caña de azúcar.i Más aún, en 1647, el canónigo, Diego de Torres Vargas, comentaba en su carta al cronista Gil González Dávila, que la Isla contaba con excelentes maderas para la fabricación de navíos y galeones, y sugería que se instalara una fábrica para la construcción de estas.ii En 1765, Alejandro O’Reilly, enviado del rey Carlos III a la Isla, observó que la madera como el Guayacán, servía para la construcción de muebles y que los extranjeros sacaban de nuestras tierras grandes cantidades de madera, que muy bien pudieran ser utilizadas en la construcción de edificios, ingenios, embarcaciones, entre otros..iii


Puerto Rico, desde tiempos coloniales tenía potencial para explotar el recurso maderero.
Tanto Fray Iñigo Abbad y Lasierra como André Piérre Ledrú, en la segunda mitad del importante
siglo XVIII puertorriqueño, admitían que las casas de los criollos eran unas modestas y que sus
muebles se caracterizaban por la sencillez, por lo que se demuestra, que casi a finales de aquel
siglo, no se había desarrollado una industria maderera como lo había sugerido O’Reilly años antes. De hecho, un siglo y medio antes, durante el ataque holandés de 1625, el gobernador de la Isla, Juan de Haro, en respuesta al pedido de rendición por parte del invasor que, a la vez, amenazó con incendiar a la ciudad de San Juan, le manifestó que “[…] en la tierra hay bastantes maderas y piedras para construir de nuevo la ciudad”..iv


Nuestra historia decimonónica está llena de relatos que apuntan hacia el desarrollo de una
industria maderera en la última parte de la presencia española en Puerto Rico. Hasta después de 1850, aparecieron en nuestros campos y ciudades personas que se especializaron en la fabricación de muebles para engalanar los hogares puertorriqueños, en particular, a los de una clase de profesionales y comerciantes criollos que asumían, aunque limitadamente, sus responsabilidades con el país.


El doctor José Luis Colón González destaca en su libro la influencia en el arte del reinado de
Isabel II en España, en especial, durante el importante periodo histórico a partir de 1850. Este periodo se caracterizó por ser uno de importantes cambios políticos, económicos y sociales donde muchos de los ebanistas estudiados en el libro, introdujeron elementos distintivos de la época, enfatizando en estilos propios hasta llegar a lo que sería la cúspide del mueble puertorriqueño representado en el “estilo criollo”. Ejemplos de estos son los estilos isabelinos, alfonsinos, fernandino, victorianos; a estos se les suman los que son de medallones y de otros gustos artísticos propios del siglo XX como el de Art Deco, entre otros, que fueron moldeando estilos autóctonos muy característicos en el siglo XX puertorriqueño y de mucha demanda entre nuestros campesinos.


Podemos considerar como un estudio genealógico de gran trascendencia, la representación
de los 40 ebanistas escogidos por el autor. Estos maestros carpinteros y ebanistas desarrollaron
industria capaz de impulsar estilos nuevos en la fabricación de muebles; además, de dejarnos
saber la importancia de sus exquisitas obras en el arte de la madera, con sus creaciones y variantes según los buenos gustos de los clientes. Sin embargo, sobresale en sus creaciones la preferencia por las maderas autóctonas como lo son el cedro, la caoba y otros, como centro de un trabajo fino que daría lustre y nitidez a la sala de las casas de nuestros jíbaros, profesionales y comerciantes.


Muchas de las obras maestras en la fabricación del mueble realizados por estos ebanistas en
sus talleres, fueron por encargos, asunto que proliferó en la última parte del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. A esto, hay que añadir un aspecto interesante y es que el establecimiento de talleres para la fabricación de muebles de todo tipo creó necesariamente una industria que brindó empleos diestros, aunque no tan remunerados en nuestras ciudades. Propició, además, la fundación de casas comerciales que distribuyeron dichos trabajos en toda la Isla, y que conoceremos como las mueblerías, que preferían adquirir aquellos majestuosos trabajos de los talleres ebanisteros que se desarrollaron en la Isla en el siglo XX.


Un dato significativo del texto es que casi todos esos 40 ebanistas y sus talleres, se ubicaron en el norte, sur y suroeste de Puerto Rico, pero que, interesantemente, se destaca la porción suroeste, en pueblos como San German, Cabo Rojo, Mayagüez y Yauco. La presencia de estos talleres dedicados a la fabricación de muebles, espaldares de camas (especialmente las de
pilares) que hacían lucir las salas y habitaciones de los hogares, fue muy importante. Sin faltar la
elaboración de mesas de comedor con sus sillas, chineros y sus mesas decorativas. En fin, todo un mundo de grandes obras de fina terminación artística, utilizando las maderas del país, cortadas en los aserraderos del interior montañoso de la isla.


Podemos advertir que el autor hace un recuento meticuloso y bien articulado de quiénes
fueron estos maestros ebanistas. Haciendo uso de la documentación disponible en archivos
privados y en el Archivo General de Puerto Rico, y los publicados en páginas de Internet dedicados a la genealogía, hace una reconstrucción familiar de estas personas. Algunos de esos 40 maestros ebanistas, provienen de España, otros de tan lejos como la isla de Sicilia y la mayoría son puertorriqueños, lo que nos brinda un gran espacio para conocerlos y saber de sus trabajos en el arte del diseño y fabricación industrial del mueble. Muchos de estos tenían sus talleres en el patio de su casa, pero otros fueron aventureros y se embarcaron en proyectos industriales que les ayudaron en la elaboración de sus piezas; invirtieron capital para la compra de equipos y para el acarreo de sus creaciones a residencias particulares y mueblerías que hacían los encargos.

En el libro se documentan casos excepcionales, como lo fue el de la Compañía Industrial
de Aguadilla. En los primeros años del siglo XX, concretamente en los años veinte, creció hasta
convertirse en una empresa industrial regentada por la venta de acciones, y que hacía su publicidad en la prensa como elaboradora de “muebles finos del país”. Construyó un enorme edificio industrial donde fabricaban sus muebles con maderas del país y también importados.
Otro de los casos que llama la atención y que el Dr. Colón González nos presenta es el de
la familia Marini, oriundos de Génova, Italia, quienes entraron al país por Puerto Real, Cabo Rojo, a finales del siglo XIX. Estos se establecieron en Mayagüez promoviendo una empresa sólida y de gran prestigio en el campo del mueble puertorriqueño. Su taller se convirtió en un gran centro de producción industrial, al que se debe añadir el establecimiento de una mueblería, donde lograron desarrollar una empresa comercial de gran prestigio en el oeste de Puerto Rico. Casos como el de la familia Marini, la familia García y la consiguiente Compañía Industrial de Aguadilla, entre otras, son el reflejo de una sociedad que se adentraba en la modernidad. Estos industriales del mueble puertorriqueño fueron empresarios que desarrollaron un estilo y buen gusto al momento de presentar sus creaciones. Muestra de ello fue la participación de estos talleres en las ferias para promocionar la industria nativa.


Un aspecto estudiado por el autor fue el de la participación de los empleados de los talleres
que se convirtieron en centros industriales. La relación casi familiar entre los dueños y estos creó una relación cercana más allá del trabajo en el taller, clave en el éxito de muchas empresas; sin olvidar que en algunos de esos talleres- sus obreros- se organizaron sindicalmente aprovechando las leyes de relaciones laborales que procuraban beneficios en sus compensaciones.


Se detalla también a una de las familias que contribuyeron al desarrollo industrial del mueble
puertorriqueño, nos referimos a la familia Margarida de San Juan. Interesantemente, el autor
nos rescata de la “memoria del olvido” a estos, en especial a Rafael Margarida, quien llegó al país proveniente de la península ibérica, desarrollando en San Juan uno de los talleres más productivos de la capital. El complejo industrial que desarrolló en San Juan, en la calle Luna en 1892, fue uno de los más admirados en la Isla por la elegancia de sus diseños y el uso de los materiales autóctonos en cuanto al recurso de la madera se refiere. De hecho, el Hotel Caribe Hilton en San Juan, construido por la Compañía de Fomento Industrial e inaugurado en 1949, le comisionó para la fabricación de mobiliario para esa instalación turística. Aunque cerró el taller en 1957, el apellido Margarida siguió los caminos empresariales desarrollándose en el campo de la venta y distribución de instrumentos musicales en San Juan. Del texto surge la génesis de aquella casa comercial dedicada a la venta de equipo musical que estaba, precisamente, en los talleres y ventas del mueble nativo.

De hecho, en los anuncios se presentaban como fabricantes de muebles del país y la “casa más antigua de muebles”. En Yauco, los Benvenutti y Lilo Rivera; en Cabo Rojo, con la Caborojeña y COMACO, esta última continúa con la tradición de elaborar muebles finos del país, y con la mejor madera local, también hace parte de esta una industria que generó y continúa fomentando empleos en dicho municipio, aunque más limitado ahora luego de la pandemia de COVID 19. Pero no han perdido la esencia de lo que simboliza para el país la representación de su mueble criollo.


En la obra del doctor Colón González, está ampliamente documentado la relación de los
veteranos de la Segunda Guerra Mundial y la reinserción de estos al mundo del trabajo. Muchos de estos talleres emplearon a veteranos como trabajadores diestros que animaron a esta industria por la necesidad que había de proveer mobiliarios a las residencias de la nueva clase media que surgía a mediados del siglo pasado. Los procesos acelerados de industrialización a partir de 1947, con la aprobación de la Ley de Incentivos Industriales y la puesta en vigor de la “Operación Manos a la Obra”, hizo necesario que muchos de estos talleres se modernizaran. De hecho, estos en gran medida sintieron la amenaza de la competencia que suponía la entrada a la Isla de muebles fabricados en el exterior, como los de Brasil y hasta de la misma República Dominicana, que, de hecho, desde cierto momento en el siglo XX, se importaba la caoba. Sin embargo, el taller tradicional perdió vigor hacia la década de 1960, por la vorágine del mueble fabricado en el exterior, aunque aún quedan pequeños talleres artesanales posterior a esa década.


La obra viene acompañada del recurso de la fotografía, que nos ilustra los maravillosos y
exquisitos trabajos hechos por estos ebanistas y talleres seleccionados por el autor, que invitan al lector a reflexionar sobre nuestras experiencias pasadas con el mueble.


Destaco un punto que muchas veces los historiadores pasamos por alto en nuestros trabajos
y es el recurso de la Genealogía. Podemos decir que la misma es una ciencia auxiliar a la historia. El doctor Colón González, de manera magistral, nos plantea datos demográficos de esos 40 ebanistas estudiados en el libro, les sigue la pista, les sigue el rastro y los ubica en tiempo y espacio.


Se apunta a lo que fue uno de los motores para el éxito de esta industria, y es el de la
educación. El Instituto Politécnico de San Germán (hoy Universidad Interamericana); la Universidad er la educación vocacional en sus talleres de carpintería, donde adiestraron a muchos puertorriqueños, tanto antes del gran auge económico producto de la ndustrialización, como después de esta, insertándose en los talleres ebanisteros.


El doctor Colón González, delimita su trabajo hasta el año de 1960 y me parece acertada
su apreciación histórica. Nos tenemos que preguntar, entonces, ¿qué pasó? ¿por qué muchos de estos talleres industriales desaparecieron en la importante década de 1960? La respuesta tal vez la podemos encontrar en la actividad acelerada que trajo consigo la industrialización en la Isla y la consecuente competencia del mueble extranjero. Es posible que muchos de estos talleres y ebanisteros dejaran de producir ante esa demanda de muebles del exterior; pero, además, pudiera estar presente también la adquisición de la materia prima, como la madera nativa para elaborar esos muebles. Quizá la preocupación por la tala de árboles en nuestros bosques y campos imposibilitó que esta industria continuara su ritmo ascendente, pese a apoyarse a la legislación de incentivos contributivos industriales- mano derecha de la Operación Manos a la Obra- en las siguientes décadas, aunque, cabe destacar que las primeras políticas públicas ambientales se consideraron desde la segunda mitad de esa década del sesenta. Es posible, y es una hipótesis que muy bien estaría sujeto a que se investigue esa posibilidad. Sería bueno que también se amplíe este estudio hacia los muebleros que desarrollaron sus empresas en las décadas del 50, 60, 70 y los 80 del pasado siglo y la relación de estos con los talleres que quedaron en pie después de 1970.


Por otro lado, es de particular interés para los guayameses los trabajos de dos obreros de la
madera de la ciudad de Guayama que se destacan en el libro. Estos fueron Jacinto Ledée y Andrés Alonso, ambos ebanistas de esa ciudad que el autor nos relata su historia en la obra. De particular interés son las referencias de las mueblerías establecidas en Guayama y en la región, como lo fue la Mueblerías Guamaní, y la que sigue en operación hoy día como la Mueblería Tino en Patillas.


Ambas empresas promovieron el mueble local, aún los herederos de Tino continúan promoviendo los trabajos de talleres dedicados a estos menesteres. Destaco a la actual empresa guayamesa, Mueblería Cruz, donde su propietaria mantiene en su inventario muebles elaborados en Cabo Rojo por la empresa COMACO, teniendo aún preferencia entre su clientela. Recordamos también otras mueblerías de la región sureste como la de Johnny Gely en Patillas, la de Los Novios, la de Esteban Home Appliences y la de Nilda Cruz en Guayama. Todos ellos fueron extraordinarios promoventes del mueble puertorriqueño en sus años de servicios.

En fin, la obra está documentada con fotos, reproducción de documentos originales, entrevistas a los familiares de los artífices del mueble puertorriqueño que enriquecen el texto y es una excelente aportación a la historiografía puertorriqueña. Añade aún más al acervo documental
e histórico de nuestra Isla. Sería bueno, además, un estudio de los talleres ebanistas de la última parte del siglo XX y del presente siglo. Ejemplos como los de don Santiago Montañez en Patillas, don Vicente en la Puente de Jobos en Guayama, el taller de ebanistería del barrio Palmas de Arroyo, entre otros, que se dedicaron y se dedican a este oficio del arte de la madera.


No podemos dejar de mencionar a la familia Villalobos de Ciales que, con la materia prima
de Enea, fabrican sillones y muebles de buen agrado y gusto que nos encontramos en residencias hoy en día, y que son como bien señala el autor, herederos del mueble estilo criollo. Tampoco olvidemos a los educadores que forjaron la educación vocacional en nuestras escuelas, como lo fueron en Guayama, Carmelo Torres, del barrio Olimpo; y a César Lebrón y Francisco Pagán, en Patillas, quienes enseñaron el arte del oficio de la carpintería.


El libro de más de cuatrocientas páginas es un documento de gran valor historiográfico y a
través de su lectura, conocemos a esos artífices del mueble puertorriqueño que dieron lo mejor de sí en una época difícil para el país y levantaron una verdadera industria nativa.
Notas:


i Véase: “Memoria y descripción de la isla de Puerto Rico. Mandada hacer por S.M. el Rey Don Felipe II, año 1582.”
En: Aida R. Caro Costas, Antología de Lecturas de Historia de Puerto Rico (siglos XV- XVIII). 4ta Reimpresión. San Juan,
Puerto Rico: Editorial Universitaria, 1989, p. 176.
ii “Carta Diego Torres Vargas, 1647.” En Ibid., p. 384.
iii “Memoria Alejandro O’ Reilly 1765.” Caro Costas, op. cit., p. 454.
iv Gilberto R. Cabrera, Puerto Rico y su historia íntima, (1550- 1996). San Juan, Puerto Rico: Academia Puertorriqueña
de la Historia y Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, p. 286

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