Indolentes olvidan a personas que hicieron aportaciones históricas

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Para que un pueblo pueda reflexionar sobre lo que se ha hecho y lo que se puede hacer, debe usar el presente para tener esa mirada alrededor y no ser reactivo a factores como el desconocimiento, el prejuicio político o juicios sobre lo que no se sabe con certeza. En el hoy y el ahora hay mucha información que conocemos, pero se va escapando la que nunca hemos aprendido o internalizado. Para eso el historiador debe estar presente en toda sociedad. Y no me refiero al historiador que gana dinero con sus trabajos que llaman profesional, sino a toda clase de investigador de la historia.

La indolencia -característica de la persona que no se afecta o conmueve o insensible, que no siente dolor- es lo contrario al sentimiento. Y si ser vegabajeño es un sentimiento, no se puede estar guiando desde el asiento trasero para ver donde llegamos en esta vida como pueblo. Tenemos que ser proactivos, dinámicos, útiles, fructíferos.

Los vegabajeños somos el producto de esa acción de personas individuales -hombres, mujeres, etcétera- que mediante la conducta personal y obras lograron marcar diferencias en el curso de la sociedad civil, militar y gubernamental, los que a veces, por falta de suficiente información, borramos de la historia. Un ejemplo de ello es la legendaria persona que supuestamente donó las tierras para fundar a Vega Baja, Manuel Negrón Maldonado, de quien hay evidencia de que existió y de que fue nuestro primer «alcalde» con nombramiento de teniente a guerra, que era nombrado, no seleccionado democráticamente pero fue quien primero hizo una transición gubernamental local, según consta de documentos de la época y fue responsable de la fundación de Vega Baja. En los escritos que venimos publicando de la obra póstuma de Carlos M. Ayes Suárez, está el producto de sus investigaciones sobre este personaje.

En el lado femenino está la figura de Inés Navedo. Esta dama fue la esposa de un alcalde de Vega Baja de principios del Siglo XX. Fue reconocida fuera de Vega Baja como una buena vegabajeña, preocupada y ocupada porque se divulgara información de su pueblo en un momento en que los medios -periódicos y revistas- no auspiciaban y en ocasiones no permitían la participación de mujeres como escritoras. Recordemos que el voto no les llegó hasta la década de 1930 y fue en forma paulatina. Ella, bajo seudónimos, aportaba frecuentemente en los diarios del país y fue la productora y responsable de que la obra del poeta Manuel Padilla Dávila se publicara. Otras mujeres, como ella, han sido aportadoras maravillosas de distintas facetas de la vida vegabajeña como la política, educación, deportes y recreación pero por alguna razón, nunca son reconocidas como más importantes que los varones. Ese prejuicio es viejo y como todo prejuicio, es injusto.

¿Quienes son los indolentes que no le dan paso al reconocimiento histórico de las personas que lo deberían tener? No debe haber duda que primero, a los componentes del gobierno municipal. Cuando hay que ponerle el nombre a una calle, a un edificio, primero aflora lo de qué partido era. En tiempos de la hegemonía popular le pusieron nombres a las escuelas con personas que habían sido activos en la política de ese partido, como Angel Sandín Martínez para la Escuela Intermedia Urbana y Juan Quirindongo Morell para la Escuela Superior de Alturas de Vega Baja. En la oportunidad que tuvieron los penepés, nombraron a Lino Padrón Rivera en la nueva escuela superior del pueblo y a Agapito Rosario para la elemental de Alturas de Vega Baja. Eso no es viejo, en vida y activo en la política, nombraron a una escuela de Pugnado con el nombre de Lino Padrón Rivera, siendo éste miembro del Partido Socialista. Eso, desde luego, no desmerece que fueran personas apreciadas por su aportación a Vega Baja, pero el matiz de los políticos que se movieron para honrar a esos vegabajeños fue oportunista.

Pero eso no es todo. Busque las calles de Vega Baja, especialmente las que se les ha dado nombre en los últimos cincuenta años. Verá muchos nombres conocidos y hasta algunos nombres de personas que residieron en los lugares pero que no hicieron aportaciones alguna a Vega Baja. Todo se debe a que la selección se hace principalmente no por reconocimiento genuino ni democrático y a veces hasta con más deméritos que méritos, porque se utilizan criterios fuera de cualquier valoración justa que pueda haber en una sociedad. En ocasiones, es como un tributo que se hace por la aportación generosa de su tiempo a las causas partidistas por encima a veces hasta de la moral y de la oscuridad personal que muchas personas han tenido en su vida.

Una alternativa es que el gobierno municipal busque los recursos ciudadanos. Los nombramientos son un honor que se concede y debe haber un consenso sobre las determinaciones finales porque si no se hace así, se pierde el honor que se pretende dar. Si en el nivel local el alcalde y los legisladores municipales hacen ese trabajo solo, seguiremos en lo mismo. Hace falta la participación ciudadana en esas deliberaciones.

Para cambiar este paradigma, que es un problema que los historiadores responsables deben respaldar en primera instancia, hay que reformular el sentimiento vegabajeño. Tenemos que establecer el concepto más claro de qué es un buen vegabajeño que pueda ser digno de un reconocimiento permanente. Solo de esa manera el adormecimiento por la indolencia nos puede regresar a la vida de la conformidad y repetición de errores.

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