
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Nos dicen que un candidato a representante se le ve embriagado a menudo y que cuando está en ese estado, su modalidad chistosa es la de evocar su admirada candidata a alcaldesa, nombrándola e imitando tomar fotografías con todos los presentes. Tal vez con esa actuación inconscientemente demuestra una preferencia hacia la dama. Sin embargo, él siempre profesó como candidato a Marcos Cruz y por razones políticas, siempre acompañó al varón. El licor no solo hace que el que bebe no entienda, también no entienden los demás.
Esto es un ejemplo de lo que pasa cuando una figura pública, electa o candidata, se excede en sus tragos. A los funcionarios públicos se les pide corrección en su conducta personal aunque en ocasiones, se le ríen las gracias por respeto a su rango o por alcahuetería. Eso no debe ser. Las personas que están a su lado deben proteger al candidato y vigilar que su euforia no se mezcle con el licor. Pero más aun, deben proteger su integridad, evitar que sea detenido por guiar en estado de embriaguez o que sea parte de un espectáculo que pueda arruinar su carrera.
En el Vega Baja del ayer, el beber licor se hacía parte de la expresión de felicidad, especialmente de los hombres. Al soldado local le proveían cervezas de bajo alcohol por volúmen, cigarrillos y prostitución para retenerlo en un ambiente que evitara su melancolía y que propiciara su deserción del campamento. Lo que no había adentro, lo conseguía cerca con los pases que le daban. En un momento dado, por las peleas en que paerticipaban entre ellos y los ciudadanos locales, se les suspendió el visitar el pueblo, lo que en tiempos de la Guerra de Corea, se le llamaba el paralelo 38, que fue lo que dividió ese país al que muchos de los soldados entrenados en Tortuguero fueron.
Cuando el ejército terminó su función en el Campamento Tortuguero, muchos de los que no iban al ejército se hacían voluntarios de la Guardia Nacional. Allí formaban sus grupos los que provenían de nuestro pueblo y en compañía de otros hacían sus grupos de vacilón, que terminaban con fiestas donde había alcohol buscando alegría. De ahí salieron funcionarios públicos en Vega Baja, entre ellos un candidato a alcalde que pasó gran parte de su incumbencia con el mote de «borrachón», aunque nunca ese veneno social le causó problemas en su desempeño. Me refiero al amado y celebrado Luis E. Meléndez Cano, que en la propaganda de la oposición siempre se le atacó con esa alegación. Personalmente siempre he visto a Luisito en control de lo que ingiere y su conducta social ha sido excelente.
El alcalde Edgar Santana estaba en una ocasión dándose un trago y visitando una barra en Cabo Caribe y al salir, chocó el carro oficial municipal. Posiblemente no se dió cuenta pero como hubo una querella (opositores que lo vigilaban constantemente), un vídeo de los hechos y no había evidencia de su intoxicación, que posiblemente no la tuvo, el accidente fue referido al seguro de autos del Gobierno Municipal para que cubriera la pérdida y reparación.
Un funcionario intoxicado con alcohol o con los efectos posteriores de una resaca nunca alcanzará el grado óptimo de su desempeño. Debe ser parte de su conducta no hacer uso del alcohol públicamente y menos en lugares donde hoy día hay tantos medios de reproducción histórica como los vídeos en los establecimientos públicos, las cámaras en los teléfonos y gente pendiente de las pisadas en falso que den los políticos.
Aníbal Acevedo Vilá no se le recuerda por ninguna obra trascendente, pero sí por un vaso rojo que simbolizaba refrescarse de las tensiones. Los legados son importantes, menos ese. Y lo triste es que posiblemente ni alcohólico sea, pero como se dice desde hace tiempo, la mujer del sultán no solo debe ser honrada, sino parecerlo.
