Mis emociones cuando los vegabajeños triunfan

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

(Pubicado originalmente el 15 de abril de 2023 en Fototeca Jimmy Rosario)

Evado o confronto la tristeza. Me considero, dentro de las múltiples emociones que siento y expreso, un hombre alegre que busca constantemente un sentido positivo a la vida que me queda y a la otra que vendrá después que pase por la transición. Hay cosas que no me son familiares como lo de no ser binario y el lenguaje inclusivo, pero no las rechazo. Dentro de mi concepto de eclecticismo, lo tolero y lo puedo manejar sin molestia ni dolor en mi interior.

Como vegabajeño, me motiva profundamente la presencia de vegabajeños en el mundo. Desde el mundo que me rodea en mi pueblo hasta los confines del universo. Claro, que me falta experimentar lo que sentiría cuando el primer vegabajeño haga un viajecito corto material a la Luna o uno largo a Plutón. Tengo la experiencia, empero, de que en algunos viajes astrales me he encontrado de paso con algunos locales de los que también piensan que se transportan fuera de la materia física. Pero ese no es el tema.

Como ser humano, pertenezco al colectivo imaginario de los vegabajeños. Digo colectivo imaginario porque es una mezcla de razón y emoción. Para creerlo, hay que pensarlo, como en la teoría cartersiana. Eso es filosofía pura. Pero para experimentarlo, hay que sentirlo, por lo que les he dicho anteriormente que ser vegabajeño es un sentimiento.

Los vegabajeños lo somos porque hemos decidirlo serlo. En ese proceso de decisión hay una carga grande de emoción que nos hace regresar mentalmente al pasado personal de cada uno y recordar a nuestra familia nuclear y extendida, los lugares y vecinos donde residimos, la experiencia de la escuela, el deporte, las actividades sociales y toda aquella actividad humana que desarrollamos junto a otros pares vegabajeños y que nos hicieron tener este gentilicio.

Muchas de las personas con las que compartimos ya no están físicamente. Se les fue la vida o se mudaron de nuestra cercanía. Algunos lugares también han cambiado y aunque se puedan ubicar en el espacio, nunca volverán a ser lo que fueron para nosotros en el momento en esos pasado espacios de tiempo. El recuerdo de esa historia es lo que nos mantiene atados a esa colección de imágenes en nuestra mente.

Ser vegabajeño no cambia con el tiempo. Es como el DNA, es parte de nuestra personalidad. Quizás en el futuro se descubra un gen evolucionado que lo detecte, como hoy día dice de donde provenimos, pero por el momento lo llevamos en la mente y el alma. En la mente estará hasta que la perdamos, que ocurrirá algún día. Pero de acuerdo a algunas definiciones, el alma lo conservará en secreto y tal vez por un dejá vu, algún día habremos de experimentar que aquí estuvimos. Sin embargo, el alma colectiva, siempre evolucionando, nos permite ver que es una emoción continua y recurrente que ocurre en nuestro interior cuando la palabra vegabajeño aparece en algún lugar o identificamos a alguien o algo vegabajeño.

Desde niño, lo vegabajeño iba en importancia después de mi familia, que era vegabajeña también. El espacio que nos albergaba dentro de los límites de lo que entonces era un pueblo con sus barrios, también era vegabajeño. Después conocí la música vegabajeña, aunque no lo fuera por su diversidad de compositores de todos lados, en la figura del que he llamado más vegabajeño de todos los tiempos, Fernando Alvarez Lomba. Lo vegabajeño era pues lo que me daba seguridad, porque era tan familiar como la cara de las primeras personas que tengo que haber visto, que eran mis padres. Y ambos eran vegabajeños, una porque había nacido aquí y otro porque había adoptado este lugar como el suyo.

En mi evolución, me dediqué a buscar los vegabajeños dentro y fuera de mi entorno. Llegué a la Biblioteca del Congreso a investigarlos luego de haber consultado el entonces archivo histórico municipal y el Archivo General de Puerto Rico. De paso por el monumento a los héroes caídos de Vietnam en Washington D.C., me salieron lágrimas al ver la mención de «Chiqui» López, un amigo y compañero Scout, como uno de los muertos en acción. El día que decidí escuchar todas las grabaciones hechas por los distintos músicos que conformaron el Trío Vegabajeño y otras que Fernandito Alvarez hizo con otros nombres ficticios por razones legales, descubrí que había cantado historias que se habían escrito como canciones a deportistas reales y situaciones como la de la Tragedia de Viernes Santos, esta última escrita y compuesta por Rafael Hernández.

Mi búsqueda continua de nombres de vegabajeños que han trascendido me lleva a encontrar los de personas que han tenido o no una relación conmigo o mi familia que han trascendido la vida normal. De paso, se han convertido en figuras del mundo, lo que me hace sentir como si yo hubiera sido el triunfador. La lista es larga, pero a mi mente en este momento me hace recordar como ejemplo a mi pariente Pedro Brull Torres, pintor extraordinario, Roberto Sierra Enríquez, compositor clásico moderno, Benito Antonio Martínez Ocasio, cantante, actor y persona multifacética y a la cantante operática Camille Ortíz.

Hay muchos otros vegabajeños cercanos a los demás vegabajeños que merecen recordarse, nombrarse y reconocerse. Como me pasa con los que están más lejos, ocurre con los que están más cerca. Y cuando me recorto en la misma barbería evolucionada de mi niñez veo que ya no está Teo el barbero pero hay otros buenos amigos, del Supermercado López ya no está Raul, Anibal ni Lucy pero de vez en cuando me encuentro con María y Fonso. A Don Jaime Pérez Rodríguez lo extraño, pero está Jaime y Eduardo, que me recuerdan la imagen refrescante de sus abuelos Agustín y María y a sus tíos y tías políticas que tanto cariño nos dieron. Los Chaar desparecieron del panorama local, pero mi mente me transporta a ellos cuando paso por el edificio que fue su hogar, tienda de efectos escolares y colegio comercial. Las escuelas Padilla y Superior, transformadas en Brigida Alvarez y Lino Padron Rivera y otros tantos edificios que nos albergaron, siguen cumpliendo funciones en mi corazón.

La historia de mi vida tiene setenta años que es mucho, pero la experiencia de mis padres y mis antecesores es historia acumulada que se disfruta a cada momento, porque el recuerdo bueno gratifica la incertidumbre presente. Pepe González, esposo de Gloria Barreto me decía que se le hacía difícil vivir fuera de Vega Baja y que tenía que venir al centro del pueblo tradicional, aunque fuera una vez al día. Yo entiendo esa adicción, porque ese sentimiento de pertenencia nos da seguridad. Lo podemos explicar de muchas maneras, distintas historias y en distintas épocas, pero este sentimiento es sin duda, una de las cosas que nos definen permanentemente y que me impresionan cuando las conozco.

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