
Fotos y escritos por Thomas Jimmy Rosario Martínez
De acuerdo a un estudio previo que hizo el Instituto de Cultura, en el que participaron varias personas, entre ellas el historiador Luis de la Rosa Martínez y mi padre como fotógrafo, se determinó que la casa de Antonio (Toño) Martin ya había sido construida en 1890.

Una de las características es la diversidad de las losas de piso que aparecen en lo que fueron sus distintas divisiones, que se clasifican como hidráulicas criollas. Algunos de estos modelos se parecen a los diseños similares que sirvieron hace algunos unos años a la arquitecta Astrid Díaz para crear una colección de platos de loza. Aunque se pronuncian igual, la palabra losa se refiere a lo que comúnmente llamamos losetas, que se colocan en el piso, mientras que loza significa las piezas de la vajilla para servir alimentos.
En enero de 2011 nos propusimos hacer una investigación en la Casa de Antonio (Toño) Martin, ubicada en la Calle José Julián Acosta de Vega Baja. La misma había sido abandonada, siendo sus últimos usos dedicados a la venta de autos, una mueblería y luego un comercio de venta de gas licuado.
Aunque hicimos un reportaje para el Diario Vegabajeño que está archivado y no hemos encontrado aun para reproducirlo, básicamente la experiencia es que el compañero historiador Carlos M. Ayes y el suscribiente acudimos a ese lugar, que yo conocía desde mi niñez, entramos y retratamos el estado en que se encontraba el mismo. Allí pudimos captar algunos detalles importantes de la estructura, que ya no existen pues desaparecieron por el efecto de los huracanes Irma y María en 2017.
No obstante, la casa que recibirá una tarja conmemorativa el próximo viernes 20 de septiembre a las 10 a.m., contenía losas de distintos diseños, aunque lo que más nos atrajo la atención fue un piso que brillaba en lo que fue la cocina, del que nos había hablado el compañero Diosdado Cano Rodríguez, vecino de esa calle.
La nieta de Antonio (Toño) Martín, Nilda Enríquez, nos contó que su abuelo compraba botellas a los jóvenes del pueblo, las trituraba y las mezclaba con el cemento para darle color al piso. Cuando limpiamos y alumbramos, nos sorprendimos de la belleza del reflejo de esa mezcla sólida, lo que constituía una manera de construcción y terminación de pisos que de alguna manera tenía un valor cultural como artesanía peculiar en Vega Baja.











