
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Voto desde 1972. Mi primer voto hubiera sido en 1976, pero debido a que se aprobó la ley para que el voto fuera a partir de los dieciocho años, tuve la oportunidad de iniciarme como elector antes. Esa fue una ley promesa de Luis A. Ferré. En la consulta del voto a los dieciocho, participé como observador.
Comencé votando por mi colectividad, que era el Partido Nuevo Progresista. Había pertenecido a la organización de jóvenes que lideraba José Granados Navedo, con quien dos décadas después trabajé como asesor legal de la delegración novoprogresista en la Cámara de Representantes. Entre buenos y malos sabores, pertenecí a dicho partido aceptando cargos en el partido pero nunca interesado en postularme para ningún cargo público. Personalmente apoyé a algunos líderes.
Mis votos íntegros no duraron toda mi vida. Comencé a decepcionarme con el estilo de gobierno donde se confundía el peculio personal con las arcas del gobierno de parte de funcionarios electos a las ramas ejecutivas y legislativas. También podía ver y sentir la política involucrada en la judicatura.
Comencé a hacer selecciones de candidatos de otros partidos, partiendo de las planchas de lo que yo consideraba mi partido, pero eventualmente voté por candidaturas. Nunca he votado por nominación directa («write in»), porque nunca he tenido la oportunidad de poner el nombre de una persona con oportunidad de ganar.
En estos días he estado reflexionando sobre el sistema electoral de Puerto Rico. Estimo que siendo malo todo extremo, la diversidad del voto de parte de un elector hace una mella en el sistema democrático que no es ideal para mantener una estabilidad social y económica. Hay muchas voces hablando a la vez. La mayor parte de las veces dicen lo mismo pero con diferentes palabras. Me parece que este pueblo ha madurado suficiente como para cambiar el rumbo de los políticos que se lanzan al vacío sin una malla protectora.
El sistema electoral provee derechos a las colectividades políticas. Ellas se organizan entre personas que tienen intereses comunes y plantean, en forma grupal, soluciones a los problemas. Unos más que otros y de vez en cuando sin consultar, disparan a la Luna, pero son los menos, pues hasta la disidencia de sus propios partidos o movimientos critican a los líderes que se salen del redil. Si bien es cierto que estar en un partido requiere disciplina y lealtad, cuando la fidelidad se exige de arriba hacia abajo, no hay que estar de acuerdo con las decisiones no pensadas o hechas en escritorio.
Muchos electores ignoran que en las columnas de los legisladores a acumulación, el elector de un partido puede escoger libremente al candidato de de preferencia de su propio partido, no necesitando cruzar a otro partido buscando sustituir al que no interesa, porque ahí el voto automático cuando se vota por partido, recae en el primero que aparece en la lista y solamente puede votar por un candidato.
El voto mixto y por nominación directa permiten al elector explorar la diversidad del menú electoral desde los ideales de los partidos, candidatos a cargos ejecutivos y legislativos y el comisionado residente. Este año habrá una papeleta adicional para expresar su ideal político entre tres opciones. Ninguna papeleta debe dejarse en blanco nunca, eso es un mal consejo, pues se presta para el uso indebido por terceros. Los que tenemos experiencia en elecciones, sabemos que son una tentación para algunos funcionarios que quieren que su partido gane de cualquier manera.
En un sistema electoral están presentes todas las maneras de votar y multiciplidad de opciones. Es excelente, pues refleja el máximo que puede ofrecer la democracia a los ciudadanos capacitados para votar. Pero en la realidad, son tiempos malos para ser tan diversos y para tener tantas opiniones iguales dichas de manera distinta. Hay que atenuar el ruido.
Imaginemos que no hubiera voto mixto ni por nominación directa. La Constitución de Puerto Rico y la Ley Electoral proveen para que resulten electos candidatos minoritarios de dos partidos en las legislaturas estatal y municipal, por lo que nunca dejará de haber disidencia presente al partido principal que obtenga mayoría. Eso no lo podemos pasar de vista, porque de tanto abogar por más participación, los consensos cada día son más extraños. Una rama no se comunica con la otra aun siendo del propio partido. Terminan yendo a la rama judicial para que resuelva lo que personas razonables debieron decidir por el bien de todos.
Me parece que es tiempo de recoger velas porque si todos gritan a la vez, ninguno puede escucharse. Cada cual, en su inconformidad, debe darle una última oportunidad a su partido de reivindicarse o desaparecer mediante el voto. Comoquiera los partidos recogen ideas en común, señalan destinos y evitan la llamada «mogolla» de funcionarios electos que tanto nos confunde por su derecho a explicar bien, mal o no explicar, jugando así con nuestra ignorancia y nuestra inteligencia.
La decisión es personal, única. Nadie la puede ejercer por uno. Y ahí puede estar el mensaje social que podemos enviar estas elecciones.
