
En el prólogo de su único libro Sensitivas, publicado en 1916, el escritor vegabajeño Manuel Fernández Juncos insertó una biografía y aprecio por la poesía de Manuel Padilla Dávila. Una calle que transcurre desde la carretera número dos hasta el edificio Rafael Cano Llovio en Vega Baja lleva el nombre de este poeta.
Lo poco que tenemos sobre Padilla Dávila se debe a una de las mujeres menos reconocidas por su propia obra, Inés Navedo de García. El libro del autor, publicado en Vega Baja en el año de 1916, con el paso del tiempo ha hecho que vaya desapareciendo, aunque hay afortunadamente una copia en excelente condición en la Biblioteca Nacional del Archivo General de Puerto Rico que hemos podido abordar y de la cual, copiamos su prólogo, para que nunca olvidemos a Inés Navedo de García, Manuel Fernández Juncos y Manuel Padilla Dávila.

Manuel Padilla Dávila
En el movimiento literario y poético que produjo Vega Baja la influencia del ilustre poeta Dr. José Gualberto Padilla (El Caribe), descollaban dos sobrinos y discípulos suyos, don Julio M. Padilla y don Manuel Padilla Dávila. Ambos eran poetas de mérito, muy admiradores de aquél, y del cual recibieron seguramente buenas lecciones. El primero frecuentó los centros literarios de Europa, estudió con amor las lenguas clásicas y el idioma francés, cursó la carrera de Derecho y mostró excelentes disposiciones para el cultivo de la poesía. De él nos quedan las mejores traducciones en verso de Horacio, de Ovidio y de Lamartine que se han escrito hasta hoy en Puerto Rico. Falleció prematuramente.
El otro no salió de su país, pero en él halló elementos poéticos para mostrar su ingenio sutil y gracioso, su delicadeza de sentimientos y su rica y amable inspiración.
Fue el cantor de las cosas apacibles, de las ideas melancólicas, de los afectos tiernos y de las purezas del alma. Sin ser un místico en la acepción más propia de esta palabra, era el que mejor sentía y expresaba las dulzuras de la fe entre los dos poetas de su tiempo.
Nació en Toa Baja, el año 1847. Niño aún, fue a vivir con su familia a Vega-baja, donde cursó asignaturas de la enseñanza elemental, y estudió luego Matemáticas en las cátedras de esta ciencia que sostenía en San Juan la Sociedad Económica de Amigos del País. Graduado de agrimensor volvió a Vega-baja, en donde se instruyó en el arte poético y lo ejerció en sus breves horas de descanso.
A la edad de 19 años escribía ya versos muy delicados y harmoniosos a las flores, a las mariposas, a las avecillas cantoras y a todo lo que producía gratas impresiones en su alma seráfica y sencilla. Después, cuando le hirieron las espinas de la realidad lloró poéticamente, con ternura exquisita, mirando hacia el cielo donde esperaba todo.
Dotado de sensibilidad extraordinaria, se entristecía y se alegraba con facilidad suma, según sus impresiones del momento. En sus penas y desengaños solía sufrir rápidos eclipses de la esperanza, pero nunca de la fe. Era un creyente sincero, y en sus composiciones de carácter religioso alcanzaba con frecuencia mayor elevación poética que en las mundanas.
Su estilo por lo general era sencillo, claro y candoroso, su versificación esmerada, y sus pensamientos de una intachable pulcritud.
Sus versos eran especialmente leídos y estimados entre las damas.
Fue laureado en un certámen del «Ateneo Puertorriqueño» y obtuvo el primer premio del tema «Fe» en un brillante concurso de Juegos Florales celebrado en San Juan.
Falleció el 31 de octubre de 1898, cuando el pleno desarrollo y madurez de sus facultades hacía esperar de él otros brillantes triunfos.
Dejó manuscrito un libro que contiene sus poesías, libro que se conserva en la Biblioteca Insular, y una señora muy culta y muy amante de la ilustración de su país doña Inés Navedo de García, las hizo copiar y las da hoy a la estampa en homenaje al sentido poeta vegabajeño.
Merece por ello la alabanza y cooperación.
Manuel Fernández Juncos.
