Todo estatus debe parecerse a la puertorriqueñidad

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Una de las hojas para votar en este ciclo electoral es una consulta para escoger entre tres alternativas para lograr un estatus permanente para Puerto Rico. Hay quien está entusiasmado con el resultado que escoja el pueblo entre tres alternativas. Los partidos minoritarios y emergentes la han rechazado y no la promueven. Sólo el Partido Nuevo Progresista defiende la estadidad.

El estatus de Puerto Rico debe acercarnos a la nación de Estados Unidos de América o darnos mayor autonomía dentro de la relación o completa separabilidad o independencia para nuestras decisiones. Ninguna decisión de nuestro pueblo en esa consulta provocará inmediata respuesta, pero puede ser persuasiva y contar para los argumentos futuros de dónde está la opinión y deseo político de los puertorriqueños.

Ninguna fórmula existente es perfecta. Ni siquiera en la literatura o la filosofía hay ideales que se traduzcan en una felicidad absoluta del ser humano bajo algún régimen político. Al sistema perfecto se le llama usualmente un gobierno utópico. El socialismo, por ejemplo, es una teoría económica que muestra dificultades en la práctica. Es conocido que genera muchos abusos de los gobiernos que se convierten en dictatoriales, de favoritismo al que lo patrocina, pero produce mucha pobreza y carencias.

En nuestro mundo capitalismo se ejerce una manera de socialismo práctico al distribuir muchas riquezas entre los que reciben menos ingresos, lo que se da en mantenimientos y subsidios, pero también está lejos de ser un sistema de justicia social perfecto. Aun la República China, que supone ser socialista, tiene capital y ejecución en manos privadas como excepción. Comoquiera, en todo sistema de gobierno, se crean injusticias.

El deseo de parte de la población de querer ser independiente totalmente de Estados Unidos ha sido un deseo de parte de la población de Puerto Rico. Confundido a veces con la complacencia del autonomismo, que no es independencia, hubo también esa alternativa latente desde el Siglo XIX, con eventos como el Grito de Lares por el ideal independentista contra España y el Gobierno Autonómico que encontraron los americanos cuando vinieron a invadir a Puerto Rico en 1898.

Los puertorriqueños no han tenido confusión de espíritu como sugería como frase política conveniente de Luis Muñoz Marín para validar sus ideas políticas, criticando a otros idealistas. La independencia siempre ha sido opción para muchos puertorriqueños. Fue la respuesta a la supuesta traición del Partido Popular Democrático, que promovía en su principio en su lema «pan, tierra y libertad». Esto le valió una escisión de sus acólitos cuando dejó de ser una alternativa expresa y miembros de ese partido crearon el Partido Independentista Puertorriqueño pocos años después de haberse fundado el PPD.

Es interesante saber que ahora que el PIP se está convirtiendo en un partido importante con su fusión de candidatos favorecidos en común con el Movimiento Victoria Ciudadana, no es la primera vez que esto ocurre. El PIP fue el segundo partido en una parte de nuestra historia, y el Partido Estadista Republicano, predecesor del Partido Nuevo Progresista se convirtió en el tercero de preferencia del pueblo. Bajo una mística política de Luis Muñoz Marín, los puertorriqueños encontraron un lugar donde estar y aspirar a una nación libre y soberana.

La estrategia del Movimiento Victoria Ciudadana, que contiene a los decepcionados de muchos de los partidos tradicionales históricos, parece designada a eliminarse como partido para reforzar la membresía de los demás partidos. Una parte irá al independentismo y otra emigrará a otros, pero la ausencia de un estatus que le sirva de portaestandarte solo lo ubica como un partido de transición.

La fortaleza de la candidatura de Juan Dalmau le hará ganar algunos votos, pero no todos. Se disputa en este momento el segundo puesto para el futuro, polarizándose más el espectro político de Puerto Rico que está abocado a intensificar los ideales de estatus de estadidad e independencia. Eso no es malo, es un paso para resolver lo que los estadistas llaman el estatus definitivo que permita una integración igual que la de cualquier otro de los cincuenta estados o una independencia total.

El prevalecer del puertorriqueñismo se toma como una de las características de la independencia. Yo no acojo esa idea. Cuando uno viaja a los estados no encuentra que la nacionalidad estadounidense haya cambiado las costumbres y tradiciones de cultura de éstos, mientras que otros países de raíces hispanoamericanas tratan de incorporar muchas características del gobierno de Estados Unidos, el lenguaje inglés sigue siendo el comercial y el que todos saben que tienen que aprender para tener progreso en sus vidas.

Al contrario, con excepciones y el consabido racismo y el interés comercial que ha mermado históricamente a algunos grupos, las costumbres y tradiciones se celebran y conservan en los estados. Al igual que en Puerto Rico, algunas se olvidan o son sustituidas por nuevas, pero la mayor parte de ellas depende su subsistencia de la fuerza de los grupos que las heredan y hasta el gobierno federal financia su difusión, también como se hace en Puerto Rico. Y el puertorriqueño ha demostrado en su terreno, como en otros lugares del mundo que las valora y conserva.

Creo que el estadoísmo no es una amenaza para la cultura, porque al igual que no tenemos que parecernos a los gobiernos de los españoles, africanos o indios antillanos, centroamericanos o suramericanos a quienes algunos dicen que pertenecemos y tenemos cosas en común, no tenemos, sino que distinguirnos de los americanos del norte. Una cosa es el compañerismo y el compartir, otra es la asimilación. Hay espacio para pensar en la integración política o la independencia, siempre que las alternativas no pongan en juego las libertades que ya conocemos ni nuestra puertorriqueñidad.

La puertorriqueñidad es de donde partimos. Es el sentimiento común que nos une, independientemente de nuestras ideas y aun del futuro de nuestra nación cultural. Pero tenemos que enfrentar con valentía el futuro, porque se presenta un mañana de opciones en esta democracia. Y nos toca expresarnos, no callarnos. El silencio es necesario a veces, pero no cuando se aparece la oportunidad de expresarnos en asuntos trascendentales de nuestras vidas.

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