
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Publicado originalmente en Diario Vegabajeño de Puerto Rico el 11 de noviembre de 2015

«…no me siento extranjero en ningún lugar, mi patria y mi guitarra las llevo en mí…», Joan Manuel Serrat.
Nací hijo de un veterano y soy padre de otro. El militarismo no es carrera en mi familia aunque mi bisabuelo Ramón Martínez Martínez sirvió en las Milicias Urbanas de España en Puerto Rico y mi primo Ramón Daniel Martínez perteneció en la Fuerza Aerea de Estados Unidos. Aun guardo la espada de mi bisabuelo y retratos de los demás cuando fungían en el servicio militar.

Recientemente mi sobrina nieta Coral Narváez completó su entrenamiento militar en Estados Unidos (2024).
Desde la perspectiva de mis convicciones de paz como un generador de energía positiva mucho más eficiente que la guerra, no soy favorecedor de la milicia. Que otros decidan que unos expongan su vida sin que los que decidan lo hagan, para mi no es opción. En ese sentido, ni los métodos de Bush ni los de Albizu Campos son aceptables para mi. Para el que crea que eso es un alternativa necesaria lo respeto, pero la obediencia ciega es todo lo contrario a mi creencia de libertad individual. No hay, pues, un ideal suficiente que me haga pensar que otros deben morir por mi libertad.
La guerra es necesaria, empero, mientras otros subordinen a los pueblos y los aten o esclavicen. Y el resto de la humanidad tiene que ayudar a los demás seres humanos a hacer seguro el único mundo que tenemos. Ahí es donde concibo una fuera liberadora que nosotros, como ciudadanos del mundo, tenemos que proveer.

De ese proceso, tengo que admirar a los valientes soldados vegabajeños de todos los tiempos. No es fácil dedicar una parte de la vida, generalmente cuando uno es jóven, con el temor de morir o quedar incapacitado en un conflicto armado. Admiro mucho más a los que a pesar de sus creencias políticas dieron su tiempo de servicio a una nación a la que no creían pertenecer, a los que dejaron a sus familias por tiempos prolongados llevando sólo un retrato de sus seres queridos para tener una agónica incomunicación por días, semanas, meses, y en ocasiones, para toda la vida de los demás. A los que sobrevivieron la guerra, pero que nunca estuvieron presentes para sepultar a sus familiares en el momento de sus respectivos fallecimientos.


Hay mucho dolor en los veteranos. Algunos han llegado confusos porque nunca internalizaron el propósito de su servicio. Antes, la regla era el machismo y la valentía lo que se oponía al choque sicológico. Hoy día sabemos que hay traumas que se crean con la ansiedad, el rápido suceder de eventos trágicos en los que se participa o se presencian y el conflicto entre valores, creencias, obligación de servir y obedecer. Un soldado es una persona llevada a los extremos de su tolerancia, percepción y capacidades.
Para poder hacer un Vega Baja mejor en el futuro, tenemos que investigar la historia de nuestros veteranos. Hay familias vegabajeñas donde hay una tradición de servir en el ejército como parte de la formación individual. Hay veteranos que han sido laureados por la excelencia en su servicio y otros que al integrarse a la vida civil, han hecho y hacen importantes aportaciones a nuestra sociedad. Vega Baja, particularmente fue centro de entrenamiento de militares en el área de Tortuguero donde quedan vestigios de esas estructuras y espacios desde donde salieron vegabajeños, puertorriqueños y norteamericanos a las distintas guerras desde la década de 1940.
Hay que conocer la historia de la Legión Americana. Allí hay testimonios de los actos heróicos pero tambien de las luchas por los efectos negativos de las luchas armadas en seres humanos buenos y nobles. En ese lugar también hay héroes de la guerra y el civismo, especialmente aquellos que luego de servir en las guerras, quisieron ayudar a sus iguales en la reivindicación de derechos y servicios.
Tenemos mucho por hacer. Lo más fácil es mirar para el lado o dejar el espacio cuando un veterano afectado por el servicio militar nos inunda el espacio con sus ansiedades, cuando se queja de enfermedades o condiciones desconocidas o cuando se le dificulta su adaptación a las cosas normales de nuestra existencia.
Pero prestarles atención y ayudarles es parte también de nuestros deberes sociales y mucho más cuando ellos han ayudado a conservar el mundo en que creemos. Para entenderlos, tenemos que conocerlos. La historia es la herramienta adecuada para saber que, cómo, cuando, donde y porqué pasó y así tener los elementos para forjar su integración plena en igualdad de condiciones que todos nosotros y poder compartir su historia particular, que también nos pertenece.

Recordemos que los ausentes por motivo de guerra siempre lo hicieron y lo hacen lejos de su terruño y de su entorno social. Se han llevado la patria en su corazón, como escribió Serrat en Vagabundear. Nosotros tenemos que recordarles que los que nos quedamos, mantuvimos en nuestra patria unidos los latidos de su corazón con los nuestros y que nunca se podrán separar . Historiarlos es eternalizarlos.

