
Vivimos en tiempos, hoy más que nunca, del “suspension of disbelief” —de la suspensión de la incredulidad—, término utilizado, sobre todo, en los estudios literarios, pero que incide en nuestra vida diaria de maneras prodigiosas: cuando nos insertamos en videojuegos, cuando vemos televisión, cuando creemos algo que (quien sea) publica en las redes sociales, cuando leemos una obra de ficción —ya sea cuento o novela, principalmente—. Se trata, simple y sencillamente, de nuestra habilidad mental para sustraernos de toda lógica, de todo análisis para dejarnos llevar por unas instancias o propuestas que forman parte de una ficción; que, como define el Diccionario de la RAE, es una “acción y efecto de fingir”.
Estamos hablando, a fin de cuentas, de estrategias que los buenos narradores saben manejar muy bien para lograr que el lector disfrute de la lectura, de que se olvide de que es una invención, de que se la crea y, así, pueda transportarse a múltiples y variados lugares y tiempos, reales o imaginarios.
Las luchas políticas son campos de batalla en los que la suspensión de la incredulidad juega un papel fundamental. Si no, ¿cómo creería alguna gente, sabiendo que les están mintiendo en la cara, las mentiras que algunas figuras públicas les dicen constantemente? Además, se aplica aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Cómo, si no, hay compatriotas que están convencidos de que la Guerra Fría aún no ha terminado y de que Juan Dalmau es, como Astaroth —Gran Duque del Infierno—, el imperecedero portaestandarte (a estas alturas) del comunismo y otras sandeces traídas por los pelos?
En esas batallas, cuando no se logra la suspensión de la incredulidad, comienzan los temblores bajo los pies, suenan las alarmas escalofriantes y el correr, como dicen por ahí, como gallinas sin cabezas. En resumen, la desesperación.
Solo el avance de Juan Dalmau en el favor de cada vez más sectores y en las encuestas ha podido provocar la desesperación de Jennifer González y de sus publicistas para que hayan realizado uno de los peores agravios que el campo de la cultura en Puerto Rico ha recibido en los últimos años: el uso, para uno de sus comerciales, de una canción compuesta por Antonio Cabán Vale —El Topo—, “Las manos del campo”.
Independientemente de la capacidad vocal, moral, de salud física o mental de Adeán Cabán, el hijo de Topo, el que solo, dizque, le hayan pagado $15,000.00 por su nefasta incursión en ese anuncio de González demuestra, además, su incapacidad financiera, pues le debieron y pudieron haber pagado 10 veces eso. Demuestra también la mezquindad de la candidata y sus publicistas, que saben más que eso.
Es bueno que sepa lo siguiente, señora candidata: cuando vi el anuncio por primera vez, me sentí agredida. Lo sentí —y lo siento— como un zarpazo a nivel personal y como un asalto colectivo al mundo cultural todo de nuestro país. Ese comercial ha sido un acto de violencia, de burla contra el trabajo poético de El Topo, contra la generación de poetas a la que perteneció, contra los demás cantautores de este país, contra los escritores y artistas puertorriqueños —de todas las disciplinas—.
Con ese desesperado y hostil asalto —aunque esté embadurnado de melaza—, se burla usted de todos nosotros, señora, de todos los que hacemos cultura en este país, aunque usted no entienda qué es eso. Tendría que tener una visión de nuestro quehacer cultural que no cayera en la busconería y el oportunismo para comprender cabalmente lo que ha hecho. Ese anuncio ha sido una provocación, no ya al sector independentista —¡no se equivoque!— sino al sector cultural.
Somos conscientes, como usted, de que hay algo que flota en el aire… “Vientos del pueblo”, diría Miguel Hernández. Lo venimos respirando en las últimas semanas. También lo notan los candidatos y sus publicistas, también sus donantes y sus esperanzados “cobradores” posteleccionarios.
El mundo cultural boricua ha enfrentado peores desafíos antes. Solo resta decir que usted ni los suyos se levantan “con el fuego y con los huesos de los héroes”. Esos son nuestros.
