Irmo Figueroa Concepción, por Benjamín Negrón Rodríguez

Irmo Figueroa nació en Vega Alta el 6 de septiembre de 1932. Fue hijo de Rufino Figueroa y Cristina Concepción. Cursó sus estudios primarios en las escuelas públicas de su pueblo. Su vida deportiva la inició en la Liga Atlética Policiaca en torneos locales que organizaba el agente Francisco Torres Girona. Ya adolescente formó parte del equipo de Futuras Estrellas. De ahí pasa al equipo Clase A Merino de Vega Alta. Su gran desempeño junto a los estelares Luis (Rigual) Vallecillo y Paquito Feliciano les permitió proclamarse campeones nacionales en 1955.

Su gran bateo le brinda la oportunidad de unirse al equipo Doble AA de Bayamón. Ese primer año bateo para .485 de promedio. De Bayamón se traslada al equipo de Vega Baja por dos años. En 1958 al crearse el equipo Maceteros es cedido a su pueblo natal conjuntamente con sus compañeros Mayón Miranda, José Luis Escalera Bou y Rafin Vega. Su excelente bateo atrae la atención de los Leones de Ponce, donde militaba su otro hermano; Reyes Jedán Figueroa. Irmo es invitado a practicar pero decide permanecer como pelotero aficionado.

En días de lluvia y parque mojado se le dificultaba batear porque era costumbre empolvar sus manos con tierra seca, polvorienta libre de partículas cortantes. Allí entraba el cargabates que tenía la encomienda de tener a su disposición vasos de cartón o plásticos llenos de tierra los que colocaba pegado a la verja que protegía el área del bateador. Irmo comenzaba su ritual ante los ojos curiosos del receptor y el árbitro, y frente al lanzador al que miraba de reojo. Frente a él con sus enormes manos, las enjabonaba de tierra y luego sacudía al aire el exceso. Apretaba firmemente su bate de 36 o 38 oz. Y dependiendo de la velocidad del lanzador, y de forma amenazantes enfilaba su punta en dirección a la goma de lanzar. Esa espera iba minando la confianza de su víctima y como león en acecho sonreía con confianza. Hacia un swing sobre el plato y bateaba el aire con fuerza levantando una pequeña nube de polvo. Nunca quitaba los ojos del lanzador, mientras hacía comentarios al receptor. Si era sorprendido con un lanzamiento en rompimiento, reía como niño pequeño ante las hazañas de un payaso juguetón. Apretaba el bate y luego veíamos desaparecer ya fuera de foul o hacia los predios del terreno aquel satélite a la velocidad de la luz. Lo recuerdo en conteo de cero bolas y dos strikes, hombre en segunda y tercera. El dirigente fue al montículo. Hicieron señal para embasarlo cuando todavía había que realizar cada lanzamiento. Cuando estaba ya en tres y dos; (como los sándwiches de las Tres TTT;) trataron de sorprenderlo con una recta de humo sobre la goma. Irmo había adivinado la trampa y le hizo swing de verja. Peco de decirle que pasó el batazo por sobre siete verjas que hubiesen en el bosque de la derecha. Su sonrisa de gozo iba iluminando su recorrido como hacían los jachos al jibaro nuestro en noches sin luna. Su llegada al plato era recibida en tropelía por sus compañeros, mientras Irmo como chiquillo pequeño, humildemente trotaba las bases con la humildad y la gracia de un colibrí vegalteño, lleno de luces, su cara al sol y la sombra de la fama siguiéndolo hasta la eternidad de mi memoria.

Sus batazos fueron históricos. No solo por su distancia, sino por lo oportuno de ellos. Tanto, que se dice que uno de estos llegó hasta Aguadilla montado en un camión del ejército, luego de un jonrón que lo lanzó al interior del vehículo mientras este transitaba por la carretera #2. Hasta el presente su récord de 11 triples en una temporada en 24 juegos no ha sido igualado. Apodado El Macetero Mayor su alegría en el terreno de juego y su porte al batear intimidaba a cualquier lanzador. Durante 17 temporadas fue la chispa que encendía el fuego macetero. Su última temporada como pelotero lo pasó con Patillas en el año 1971.

A nivel internacional fue pieza clave en el equipo de béisbol de Puerto Rico en los Juegos Panamericanos de Chicago en 1959, proclamándose campeón bate de este corto torneo con un promedio de .540. Igual desempeño tuvo en otras tres competencias panamericanas adicionales. En tres de ellas salió campeón bate del torneo. En la última no lo logró por motivo de enfermedad ya que no tuvo los turnos suficientes aunque si el promedio.

Una de su práctica más consecuente fue su asistencia a misa antes de cualquier juego en día domingo. Su frase: «Yo voy a jugar después que salga de misa.» No importaba el parque o el pueblo adonde fuera a competir. Otros equipos que salieron campeones en esas jornadas, al viajar al exterior lo llevaba como refuerzo como lo hicieran Juncos y Vega Baja.

El mayor elogio a su persona lo pronunció el Presidente de la Federación de Beisbol Aficionado Osvaldo L. Gil Bosch en un homenaje póstumo a este grandioso pelotero vegalteño afirmando que:

“la grandeza de este maravilla de ébano, va más allá que los campeonatos obtenidos con su privilegiado bate. Y ello es así, porque Irmo Figueroa también es campeón de la decencia. Campeón de la humildad. Campeón de la sensibilidad humana.»

Su figura como pelotero ha sido reconocida al instituirse con su nombre al título al campeón de bateo de la Federación de Béisbol Aficionado de Puerto Rico. Vega Alta hizo lo propio al designar con el nombre de IRMO FIGUEROA CONCEPCION al Centro de Gobierno ubicado en el mismo lugar donde estaba el antiguo parque de beisbol y lugar donde Irmo supo llenar los espacios de su terreno con sus enormes batazos. Su sonrisa era su carta de presentación y su cariño a los niños y fanaticada macetera que lo idolatraba su pase a la inmortalidad.

Como amigo, lo recuerdo en la plaza, respetuoso y callado. Algunos dirían que orgulloso y aislado, que era parte de su naturaleza. Entre los suyos, como Luis Rigual, Paquito Feliciano, Rafin Vega, Escalera Bou era un niño travieso. Nunca olvido su gesto, la primera semana de mi paso por la Universisad. Salí de mi clase de Ciencias Físicas, el sábado a las 10:30 de la mañana. Salí corriendo a tomar el auto bus hasta Bayamón. Ya al filo de la una llegué a Vega Alta. Le pedí al conductor del auto público que me dejara frente al Bar Plaza. Irmo estaba allí dándose una cerveza. Estaba lloviendo. Me vio y me sonrió con empatía y cariño. Mi bulto con la ropa sucia de la semana y mis libretas de clase en la otra mano. El aguacero comenzó a caer con fuerzas. Conversamos de beisbol. Y me confesó su pesar por no haber iniciado sus estudios universitarios al ser reclutado por la marina de guerra. Eran tiempos de la Guerra Fría. Se dio cuenta que me urgía llegar a la casa de mis padres. Quizá su vista de lince, como cuando bateaba detectó mi hambre y la urgencia. Agarró mi bolso y me dijo: “Vente para llevarte a tu casa”. Afuera un auto de dos puertas. Colocó el bolso detrás del asiento del pasajero. Me invitó a sentarme y encendió el vehículo. En la próxima esquina dobló en la calle Gabriel Hernández. Dos bloques más abajo se detuvo frente a la residencia de mi familia.

“No le falles a tus padres, Bengie,” me dijo. Bajé y di las gracias. Mami estaba en el balcón como esperando mi presencia. “El almuerzo ya está servido.” Fui a la cocina, busqué agua fría. Y de paso le dije que el bolso tenía la ropa sucia para lavar. Una vez almorcé, abrí el bolso. Entre la ropa y bajo una camisa, había un reluciente billete de diez dólares, que yo no había echado y hacía meses que no veía. Mi mesada semanal constaba de tres pesos para mis gastos. Mi buen amigo, no solo vio mi hambre, sino mi necesidad. Y como bueno que era me regaló diez dólares. Sabiendo que me negaría a aceptarlos si me los entregaba a la mano los echó escondidos entre la ropa que traía. Este era Irmo Figueroa. Mi héroe Macetero.

Léase un artículo sobre Irmo y sus records publicado en Horizonte Cooperativo (mayo 2003)- Por Cheo Carrasquillo Vega – Historiador Deportivo de Vega Alta.

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