60 segundos para reflexionar: El cuido de los cuerpos en nuestra niñez

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Entre mi niñez y adolescencia, aun mi sentido de independencia no se había desarrollado y seguía lo que me aconsejaban los mayores y otros de mi edad. Entre ellos había los que me querían y me deseaban el bien mejor del mundo, había otros que se aprovechaban de mi inocencia y luego se burlaban de mi y otros sencillamente tenían tantos problemas por resolver que tal vez me convirtieron en un blanco para sus frustraciones. Ahora puedo entender que el proceso de interacción con humanos es a base de pruebas, de «trial and error» y no hay una enseñanza para conocer los carácteres y personalidades.

Escribo sobre mí porque es mi experiencia, pero no era la única. Mis familiares y amigos de mi edad, también pasaron por esa etapa de aprendizaje.

Recuerdo sobre el cuidado del pelo. Lo primero era estar bien recortado y peinado. No había pelo largo entonces, eso vino después con la revolución cultural del amor y la paz. Regularmente iba a recortarme con «Teo el barbero», como conocíamos a Timoteo Rodríguez, quien tenía su salón en un espacio al lado de la Farmacia San Rafael, donde hoy día se encuentra Ventana Unica del Gobierno Municipal. Eso de estilo y estilista no se conocía. La pregunta del barbero siempre era: «alto o bajito», que en otras palabras era recortar mucho o poco pelo.

Nos recortábamos a menudo porque el modelo de la época era el estilo del soldado, que eran los referentes que teníamos los que nacimos entre la posguerra y el Conflicto de Corea. Esos eran nuestros héroes y nuestro sueño era también ser soldados. Luego las estrellas de cine nos mostraron una alternativa al recorte que era disminuir los lados hasta la transparencia y dejar algun pelo un poco largo en la cabeza, al que se llamaba «flat top». Nos fijábamos el pelo y le dábamos brillo con una gelatina grasosa que se llama «brillantina» y de la cual habían varias marcas como la «Brisas del Caribe», «Brylcreem» y «Halka».

Cada una tenía sus anuncios comerciales en prensa, radio y televisión, sus lemas y sus distintas fragancias. Nunca salíamos para ningún lado si no nos poníamos un poco de ese pegoste, aunque esa palabra la he conocido de viejo pues le llamábamos «pregoste» o «plegoste». Los malvados nos decían que para que no creciera el bigote y barba usáramos un producto que usaban las mujeres para depilar sus piernas y los que lo obtuvieron y lo usaron, tuvieron sus abrasiones y reacciones de las que nos dábamos cuenta cuando nos encontrábamos en la escuela.

Pero ese no era el único pegoste. También el desodorante, desconocido y poco usado por los varones, era el Mum que usaban las mujeres. Otra grasa.

Luego vinieron otros productos menos desagradables. Algunos con alcohol y llenos de sustancias químicas efectivas, pero peligrosos a la salud a largo plazo. Ya en mi adolescencia podíamos escoger entre una variedad de fijadores de pelo y desodorantes, pero no imagino cómo sería la vida anterior, cuando nada de eso se conseguía.

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